Cómos y porqués de la inteligencia emocional (I de II)

Gerente: Ponte las pilas Reynaldo, los resultados de tu trabajo dejan mucho qué desear. Hasta ahora te he aguantado con verdadera paciencia de santo, pero ya me cansé de tu actitud, pues todo parece importarte un comino.
Reynaldo: Yo también estoy cansado de que nada de lo que hago te parezca. Ya me tienes hasta aquí con tus regaños.
Gerente: No son regaños sino una necesaria retroalimentación.
Reynaldo: ¿Ah, sí? ¿Por qué no me dejas en paz y te vas de una vez por todas al demonio?
Todos hemos escuchado o, peor aún, participado en conversaciones como la anterior, en donde aflora lo peor de las personas. Reynaldo le ha dicho a su jefe exactamente cómo se siente. Sin embargo, es claro que el problema no está en el qué sino en el cómo: no solo ha confirmado que, en efecto, muestra una mala actitud, sino que su inteligencia emocional anda por los suelos.
No se trata de que el empleado oculte su malestar ante la evidente llamada de atención del superior inmediato, sino de que lo haga patente de manera respetuosa a la vez que constructiva. Mil veces le hubiera ido mejor si hubiese respondido: “Tienes toda la razón en mostrarte insatisfecho ante mi pobre desempeño, pero es la tercera vez esta semana que me llamas la atención por no haber actuado a tu entera satisfacción. Esto me enoja, pues siento que poco valoras mis aportaciones a los proyectos”.
En entrevista concedida al diario El País (febrero 24, 2019), Marc Brackett, uno de los pioneros en el tema de la inteligencia emocional, subraya la importancia de saber reconocer, comprender, expresar y regular las propias emociones: “Tienes que saber cómo tu respuesta va a hacer sentir a la otra persona. Si va a hacer que quiera ayudarte o librarse de ti”. Por inteligencia emocional entendemos, por cierto, el conjunto de habilidades que nos ayudan a conectarnos emocionalmente.
Con el propósito de generar conciencia sobre este importante tema, Brackett y otros investigadores fundaron el Centro de Inteligencia Emocional de la Universidad de Yale, amparados en su Misión: “Utilizar el poder de las emociones para crear una sociedad más sana, productiva, equitativa y compasiva”. Con el fin de cumplir dicho propósito, el centro ha desarrollado materiales educativos con la idea de contribuir al desarrollo de la inteligencia emocional de individuos de todas las edades.
La herramienta más popular de las hasta ahora diseñadas por el centro, llamada RULER, permite identificar las cinco etapas de la inteligencia emocional: a) reconocer mis emociones y las de mi interlocutor (por ejemplo, darme cuenta de que ando de ánimos caídos o si percibo que él o ella lo está), b) comprender por qué me siento de la manera que me siento (digamos que acabo de escuchar una canción que me hizo recordar un momento difícil de mi vida), c) ponerle nombre a la emoción (“Me siento triste”), d) saber nombrar la emoción identificada (“Ya no tengo ganas de ir a la fiesta, pues me he puesto un poco triste”), e) regular la emoción (no echarme a llorar si no es el momento apropiado).
El jueves entrante abordaré otras aportaciones de Marc Brackett al fascinante tema de la inteligencia emocional.