Cómos y porqués de la inteligencia emocional (II de II)

Yo soy de una generación en la que los alumnos de promedio más alto en la universidad (los “mataditos”) eran los que tenían más posibilidades de ser entrevistados para los buenos empleos al terminar la carrera. Para el posible empleador, no había pierde en contratar profesionistas que habían demostrado ser los más disciplinados y capaces en su desempeño académico.
Sin embargo, con el paso del tiempo las empresas se dieron cuenta de que los alumnos de 10 no necesariamente se transformaban en profesionistas brillantes. Varias eran las razones: a) por su torpeza social, no sabían llevarse bien con los demás; b) carecían de la sensibilidad para entender a plenitud los problemas en su dimensión humana; c) eran de amplio raciocinio pero de corta intuición. Para decirlo de otra manera, un coeficiente intelectual elevado no garantiza en forma alguna una inteligencia emocional superior.
Marc Brackett, uno de los pioneros en el tema de la inteligencia emocional, explica con simpleza la idea anterior en una entrevista reciente concedida al diario El País (febrero 24, 2019): “Desde nuestra perspectiva, las habilidades de inteligencia emocional son de una importancia crítica para el éxito en el puesto de trabajo”. Los dividendos de saber manejarla son amplios: reuniones de trabajo en las que la gente se siente escuchada, colaboradores altamente motivados, conflictos destrabados mediante la negociación y el deseo de comprender al otro.
Brackett y otros expertos recomiendan acciones como las siguientes para llevar a la práctica la inteligencia emocional en nuestras conversaciones diarias: a) si deseas transmitir una sensación de tranquilidad a la otra persona, baja tu tono de voz y sonríele al hablar; b) no te le acerques demasiado para evitar invadir su espacio personal; c) hazle preguntas abiertas para permitirle que se desahogue: “¿Y cómo te sentiste cuando te diste cuenta de lo sucedido?”; d) muéstrate empático: “Te entiendo, tienes todo el derecho del mundo a sentirte como te sientes”; e) averigua qué es lo que generó su emoción actual: “¿A qué crees que se deba que te sientas tan triste esta mañana?”; f) no lo apresures, dale tiempo de encontrar las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos; g) compártele lo que estás entendiendo para evitar malas interpretaciones: “Si te escuché bien, no estás enojada, solo sorprendida, ¿o me equivoco?”; h) al cerrar la conversación, agradécele haberte hecho saber cómo se siente.
Un valor agregado de la inteligencia emocional es que esta se convierte en una especie de vacuna que nos faculta a prevenir la pérdida de la salud. “Sabemos por nuestras investigaciones -revela Brackett a su entrevistador- que la gente que suprime sus sentimientos no es tan sana como la que los expresa; las emociones tienen que ir a algún lado, así que si no salen, van a tu corazón, a tu sistema inmunológico, a tu estómago”.
Vista de esta manera, más que ser un lujo, la inteligencia emocional abre camino a una de las necesidades básicas del ser humano: sentir que es capaz de conectar y lograr la sintonía plena con sus semejantes.