Cómo domar tu celular

Si te haces la pregunta “¿de qué manera influye el uso del celular en mi persona?”, podrías hacer un recuento de los variados usos que haces de la popular herramienta. Con seguridad algunos serán prácticos (me ayuda a mantenerme en contacto con mis clientes y proveedores) y otros meramente recreativos (para tomarme selfis o ‘wasapear’ con los cuates).
Kevin Roose, un colaborador del New York Times Magazine, se hizo esta pregunta y cayó en la cuenta de que su ‘smartphone’ le permitía hacer cosas que antes no podría, pero le dificultaba realizar otras que antes hacía con frecuencia. “Me había vuelto incapaz -refiere en un artículo publicado recientemente en ese medio informativo- de leer libros, ver largometrajes o sostener conversaciones ininterrumpidas”. Por si fuera poco, las redes sociales lo llevaban a hacer corajes y le causaban ansiedad.
No le agradaba la idea de reconocerse como adicto, pero hubo de reconocer que se pasaba cinco horas y media al día pegado al aparatejo. Buscando la manera de optimizar su uso, se puso en contacto con Catherine Price, autora del libro Cómo cortar la relación con tu teléfono (How to break up with your phone). Ella le hizo ver que no le interesaba que la gente se desconectara de Internet o de las redes sociales, pero sí ayudarla a librarse de los hábitos nocivos relacionados con su uso indiscriminado.
Ni tardo ni perezoso, el periodista puso manos a la obra y empezó a seguir los consejos de la experta. Te comparto dos de ellos, lector/lectora: a) colócale una liga al celular y, al quitarla para ponerte a curiosear en la pantalla, pregúntate si es absolutamente necesario hacerlo en ese momento, b) ponle un protector de pantalla en el que se puedan leer tres preguntas: “¿para qué?”, “¿por qué ahora?” y “qué otra opción tengo?”.
“Me volví consciente -apunta Roose- de lo incómodo que me siento en los momentos de quietud, pues a lo largo de los años he recurrido al celular cuando dispongo de unos momentos de ocio en el elevador o estoy en una junta aburrida”. Si se subía al metro, iba escuchando ‘podcasts’ o contestando su correo electrónico, y se ponía a ver videos de YouTube mientras doblaba la ropa recién lavada.
Para sacudirse de las rutinas adictivas, empezó a prestarle atención al estilo arquitectónico de los edificios que encontraba a su paso en su caminata matutina, y al subirse al metro se guardaba el celular en el bolsillo para fijarse en el tipo de personas que allí viajaban.
Canceló sus cuentas de Twitter y Facebook, aunque conservó la de WhatsApp por aquello de su trabajo. Para ocupar su renovado tiempo libre, se inscribió en un taller de cerámica, retomó la lectura de libros y volvió a hacer el crucigrama del periódico. Como resultado, redujo a solo una hora su uso diario del adminículo.
“Mi recuperación no es aún del todo completa -confiesa en su artículo-, pero por primera vez en mucho tiempo me empiezo a sentir como un ser humano”. No resultaría demasiado complicado emular a Roose si nos lo propusiéramos, ¿cierto?