Encuentra tu pasión (pero evita la pasión malsana)

Si haces las cosas con pasión, llegarás lejos. A diario escuchamos variantes de frases como esta, que nos inspiran a imprimirle pasión a lo que hacemos si aspiramos al éxito. Michael Schumacher, una de las grandes figuras del automovilismo, nos revela por ejemplo: “Si encuentras la pasión en algo, la motivación aparecerá por añadidura”. En el mundo del arte hay también claras muestras de la grandeza de la pasión. Yo-Yo Ma, el genial violonchelista, opina: “La pasión es la fuerza mayúscula que desencadena la creatividad; si muestras pasión por algo, es porque estás dispuesto a tomar riesgos”. Aun en el campo científico la pasión resulta ampliamente valorada. Neil deGrasse Tyson, un conocido astrofísico y divulgador de la ciencia, razona de esta manera: “Es la pasión la que te permite salir adelante en tiempos tan difíciles que volverían débiles a los hombres fuertes o que a uno lo harían darse por vencido”.
La pasión, sin embargo, puede ser un arma de doble filo, ya que es igualmente posible hablar de crímenes de pasión y de pasión desbordada. A manera de ilustración, las siguientes frases muestran este lado oscuro: “Cierto, me puedo poner un poquitín celoso –confiesa el actor Matthew McConaughey–; lo bueno de los celos es que surgen de la pasión. Pero ahí estriba también lo peligroso, pues se trata de una fea emoción que lastima”. Y la atormentada escritora Virginia Woolf en una ocasión refirió: “Mi propio cerebro es una maquinaria indiscutible: siempre zumbando, tarareando, rugiendo escandalosamente para luego sumergirse en el fango. ¿Y para qué? ¿Para qué esta pasión?”. Trágicamente, habría de quitarse la vida, víctima de la depresión.
Traigo a cuenta el maremágnum de las pasiones a raíz de un ensayo de Brad Stulberg, en el New York Times (19 de marzo, 2019), que abre la siguiente interrogante: ¿es la pasión un don o una maldición?
Stulberg, quien es también autor del libro La paradoja de la pasión (The passion paradox), plantea que los estudiosos de la conducta humana distinguen entre dos tipos de pasión. A la primera la llaman pasión armónica y se trata de una actividad ampliamente placentera por la que nos dejamos absorber, digamos, la pasión por la lectura. La segunda categoría es la pasión obsesiva, que es motivada por las recompensas externas o el reconocimiento. A un escritor apasionado, por ejemplo, lo puede mover el deseo de volverse rico o famoso.
La pasión obsesiva no tendría en sí nada de malo si no fuera por el hecho de que puede volverse una obsesión malsana. En el caso de una figura del deporte, supondría ganar a como diese lugar, incluso haciendo trampa. Menciona Stulberg a dos deportistas famosos a manera de ejemplo: Alex Rodriguez, un beisbolista numerosas veces galardonado, quien recurrió al uso de esteroides en repetidas ocasiones; y Lance Armstrong, quizá el más destacado ciclista de su época, quien se vio forzado al retiro al comprobársele el uso de sustancias prohibidas para mejorar su rendimiento. Sus siete triunfos en el Tour de Francia fueron posteriormente declarados desiertos.