Viejos, los cerros; ábranle paso a los ‘mayorescentes’ (I de II)

Años atrás, a una persona mayor de 65 años se le llamaba vieja. Así, sin mayores complicaciones. Variantes había muchas, unas más amables que otras: anciano, vetusto, añoso, senil, longevo, carcamal, vejestorio.
Recuerdo que los jóvenes de entonces entonábamos, con cariño, la hermosa melodía que Piero dedicó a aquellos que transitaban por la edad dorada: “Viejo, mi querido viejo, / ahora ya camina lerdo, / como perdonando el viento; / yo soy tu sangre, mi viejo…”.
Con la llegada de la corrección política, la cosa cambió y ahora preferimos llamarlos adultos mayores o personas de la tercera edad, cosa que no está mal, pero se perdió ya la frescura del epíteto tradicional. Piero, quien a sus 73 años se ha convertido en uno de esos que caminan lerdo, como perdonando el viento, difícilmente podría escribir una canción así en estos tiempos, so pena de ser visto con sospecha por Conapred. Y actualizar la letra, ni pensarlo; resultaría, francamente, ridículo e inaceptable: “Adulto mayor, mi querido adulto mayor… soy tu silencio y tu tiempo”.
En un afán de actualizar el término para referirse a las otrora llamadas cabecitas blancas, Nielsen –una empresa de investigación de audiencias de medios– acuñó en 2016 el término ‘viejenial’, una espantosa mezcla de viejo y ‘millenial’, para dar a entender que las personas mayores eran aún capaces de sentirse como jóvenes. La idea era sin duda buena, el terminajo, no.
Entra aquí en escena Santiago Cambero, un sociólogo español con maestría en gerontología social, quien se preguntó de qué manera se podía transmitir la idea de Nielsen de una forma menos fea. En un arranque de inspiración encontró la respuesta: ¿por qué no referirnos a ellos como ‘mayorescentes’?, o sea, adolescentes de la tercera edad.
En un artículo escrito para la edición en español de la revista The Conversation (febrero, 2019), Cambero refiere que el valor social de la mayoresencia “define una nueva etapa de la vida en la que las personas mayores ya no son tan viejas como hace varias décadas”. Como sabemos, la mejoría en las condiciones de vida ha permitido que aquellos con más años vividos sean personas más sanas y llenas de vigor que sus pares de generaciones pasadas.
En un ensayo intitulado Mayorescencia, las personas mayores son más jóvenes que nunca (diciembre, 2018), Mar Abad apunta que las abuelas de la actualidad ya no van vestidas de negro ni llevan moño blanco. Por el contrario: “Son mujeres arregladas, maquilladas, con cortes de pelo juveniles y reflejos dorados, cobrizos y plateados”.
En lo que a los mayorescentes del sexo masculino respecta, estos se sienten más cómodos vistiendo pantalones de mezclilla por una sencilla razón: ellos mismos, cuando jóvenes, se encargaron de volver populares los ‘jeans’, cuando andaban de cabello largo. Eran los añorados años setenta.
“Ellos fueron los primeros en llevar una melena popera distinta al peinado clásico de sus padres -acota Abad-, y ellas fueron las primeras en ponerse pantalones y minifalda en vez de vestir como sus madres”. Si se habían puesto semejante ropa como símbolo de rebeldía, ¿por qué habrían de comportarse con docilidad y recato ahora que son orgullosos mayorescentes? (Continuará la próxima semana).