Tu trabajo es hacer que tu jefe se luzca

“Tu trabajo es hacer que tu jefe se luzca” (Your job is to make your boss look good). Leyendo el New York Times me encontré con esta frase el otro día. Un columnista había invitado a sus lectores a compartir el mejor consejo que hubiesen recibido. Por ejemplo: “Las cosas no tienen que estar perfectas para ser maravillosas”; “no puedes controlar las acciones de otros, pero sí tu manera de reaccionar ante ellas”; “el mejor regalo que le puedes dar a tu hijo es tu propio bienestar emocional”; “si hubiera una manera correcta de educar a los hijos, todos lo harían de la misma manera”; “nunca aceptes un empleo en el que no vayas aprendiendo cosas”.
Cuando llegué a la frase del título, me sentí un poco contrariado, pues –la verdad sea dicha– hacer que tu jefe se luzca, suena un poco a hacerle la barba para quedar bien con él o ella. “¿Por qué demonios seleccionó el columnista esta frase tan horrenda?”, me pregunté intrigado. La lectora que la envió, explicaba la lección contenida: “Es increíble lo bien que funciona para garantizar una relación de trabajo pacífica y duradera”. “Sí, me contesté, ¡pero no a costa de tu dignidad!”.
La segunda cosa que hice –para asegurarme de que no estuviera viendo moros con tranchetes– fue preguntarme si el controversial consejo aplicaba o no a la manera en que coordino acciones con mi superior inmediato en la universidad de la que formo parte. Para mi sorpresa, caí en la cuenta de que yo, en efecto, procuro que mi jefa se luzca en lo que hace. Y –juro que aquí estoy diciendo la verdad– jamás me he considerado una persona zalamera. Al contrario, valoro la libertad de pensamiento y suelo ser obstinado en mis puntos de vista.
¿Qué es lo que busco, entonces, cuando procuro que mi jefa luzca en su trabajo? La repuesta es sencilla: me siento parte de un equipo y me identifico con la misión y visión de la institución de la que formo parte. Y no solo me interesa que sea ella la que luzca. Me interesa que todos y cada uno luzcamos: el guardia de la entrada, la señora de la limpieza, el director general, mis alumnos, los consejeros, mis colegas profesores… Si a todos nos une un mismo propósito, ¿por qué habríamos de querer competir unos contra otros?
Estoy consciente de que –a diferencia del mío– muchos lugares de trabajo son radicalmente distintos y pensar de esta manera sería, a lo menos, ingenuo. Porque, ¿en cuántas de nuestras organizaciones la gente odia a sus jefes, a sus colegas, e incluso a sus proveedores y a sus clientes? ¿En cuántas organizaciones, lejos de querer que los demás luzcan, prevalece el deseo insano de jalarles la silla y meterles el pie?
Por lo mismo, estoy convencido de que las organizaciones deben procurar, ante todo, construir un clima laboral saludable, respetuoso y solidario, en el que el conjunto de colaboradores –desde el nivel más alto al más bajo de la jerarquía– se sienta parte de un mismo equipo. Tan noble propósito dejará de ser una entelequia si lo creemos posible.