Balada del transeúnte y el espectador

El transeúnte, embriagado por el humo de las hojas ardientes, cierra los ojos y recuerda. / El espectador grita, gesticula, aplaude con furia. / El transeúnte, con sigilo, acaricia con la yema de los dedos la corteza viscosa del oyamel a la vuelta de la esquina. / El espectador se arrellana en su asiento, anticipa el final, se regodea. / El transeúnte cuenta sus pasos, pierde la cuenta, vuelve a empezar… cuatro, cinco… / El espectador recrea la escena en su cabeza, revive los diálogos, sustituye los rostros de los personajes por seres reales de los que alguna vez se rodeó. / El transeúnte pisa una inmundicia, vocifera algo que nadie entiende, se sacude con firmeza el zapato, voltea hacia atrás, reanuda el paso. / El espectador escucha el tic-tac del reloj en la pared de enfrente, bosteza, se queda dormido, sueña que sus brazos son manecillas. / El transeúnte siente el pegajoso sudor en su camisa, se arremanga, trata de imaginarse a los pingüinos jugando en la nieve del Ártico. / El espectador se quita sus lentes, los inspecciona, les sopla para quitar el polvo, se los pone… ¡sigue sin ver las cosas claras! / El transeúnte cambia el ritmo, cede el paso a un hombre sin pierna, quisiera decirle algo amistoso, se limita a sonreírle, no puede evitar sentirse inadecuado. / El espectador pondera lo que podría haber sido de su vida, se sirve un caballito de mezcal, menea desganado la cabeza, un gusano mancha el fondo de la botella. / El transeúnte siente la primera gota de lluvia, abre el paraguas, apresura su andar, quisiera olvidar hacia dónde se dirige. / El espectador, tronándose una vez más los dedos, se atormenta por seguir comiéndose las uñas, vacila, engulle un bocadillo, se limpia la boca, eructa. / El transeúnte escucha el silbato de la fábrica, su vista recorre las miradas cansadas de los hombres que salen de turno; fastidiado, entra. / El espectador escucha a lo lejos el silbato de una fábrica, sus ojos se humedecen, se pregunta quiénes serán ahora los que salen y entran.

Haciendo limpieza de verano en mi oficina, me encontré con este poema, que escribí el 30 de abril de 2002. Conozco el día exacto porque lo anoté al calce. Me sorprendió encontrármelo, sobre todo porque no lo recordaba. De esas cosas que uno hace, valora en su momento y guarda. De lo que sí estoy seguro es de que nunca lo publiqué, pues mi escasa obra lírica la mantengo al margen de mi labor periodística.
Rompo la regla para compartirte este pequeño descubrimiento. Supongo que lo escribí para resaltar la importancia de mantenerse activo en la vida, a la manera del transeúnte, quien inaugura a cada paso su rutina diaria. En contraste, el espectador -sumido en la indolencia- se repantinga en el sofá cual lirón trasnochado.
Pero no estoy diciendo nada nuevo. Hace 2 mil 300 años, Platón planteó que los seres humanos -confinados en una caverna alegórica- estamos condenados a confundir la realidad con las sombras que nos llegan desde fuera. Lo mismo le sucede al espectador de mi poema, a diferencia del transeúnte, quien se ha liberado del yugo de la inconsciencia.