Ni mediocres ni perfectos

Corre el año 1515, en el ocaso de la Italia renacentista. Miguel Ángel Buonarroti acaba de terminar el Moisés, una de sus esculturas cimeras. Contempla el monumental bloque de mármol, trabajado a conciencia hasta el más mínimo detalle. La figura esculpida le parece tan real que le ordena: “¡Habla!”. Cuenta la leyenda que, contrariado ante su inerte creación, le asesta un soberano martillazo.
Esta anécdota permite ilustrar la importancia de la dedicación para lograr la excelencia. Yo aprendí esta lección de mi padre en mi niñez. Cuando él veía que yo había hecho algo de manera incompleta o apresurada, me decía: “Si vas a hacer algo, hazlo bien; si no, mejor no lo hagas”. Lejos de sentirme frustrado ante su falta de aprobación, me hacía sentir motivado para hacerlo mejor la próxima vez.
La lección que aprendí de mi padre, la vivo día a día en cada cosa que hago y aquellos que evalúan mi trabajo suelen aludir a mi profesionalismo. Aunque tan positiva retroalimentación me resulta satisfactoria, acabo diciéndome para mis adentros: “La verdad es que no hice nada extraordinario; mi obligación era hacerlo bien y punto”.
A veces, sin embargo, se me pasa la mano y me dejo seducir por el ansia de perfección. Por las noches, por ejemplo, cuando me pongo a preparar mis clases o desarrollar mis proyectos, se me pasan las horas. Invariablemente, escucho la voz de mi esposa desde la alcoba: “Raúl, ya déjalo así; tienes horas trabajando, vente a dormir”.
Un reciente artículo de Tim Herrera, en el New York Times, intitulado Nunca va a ser perfecto, así que solo hazlo, me hizo recordar la anécdota de Miguel Ángel ante su Moisés y mi propio afán de perfección, antes referidos. Herrera nos invita a mostrarnos satisfechos con lo que hacemos bien, en vez de atormentarnos pensando: “No es lo suficientemente bueno… podría estar mejor”. Si bien siempre existe la posibilidad de, en efecto, mejorar lo bueno, lo cierto es que el valor agregado es más bien minúsculo. Dicho de otra manera, invertir tiempo en seguir puliendo lo ya de por sí pulido, raya francamente en la necedad.
Herrera hace una distinción entre dos tipos de individuos: los maximizadores y los satisfactores: “Los maximizadores buscan sin cesar todas las posibles opciones en un escenario por miedo a perderse ‘lo mejor’, mientras que los satisfactores toman decisiones rápidas con mucha menos investigación”.
Uno pensaría que los maximizadores se sienten más contentos con lo que hicieron porque saben que lo hicieron lo mejor que pudieron, pero lo cierto es que no es así, ya que el perfeccionista nunca acaba de sentirse satisfecho. Me parece que Miguel Ángel Buonarroti era un maximizador, pues lejos de contemplar con admiración su ya de por sí perfecto Moisés, le frustró sobremanera que no hablara.
La lección que aprendo de Tim Herrera es la de empezar a actuar más como un satisfactor y menos como un maximizador. El satisfactor se siente feliz de concretar lo que hace… y a otra cosa mariposa; no se deja seducir por los oropeles del falso esplendor.