Orbis sensualium pictus, un hechizo del pasado (I de III)

“El ruiseñor canta más deliciosamente que cualquier ave; la alondra canturrea volando; la codorniz posa en tierra”. Esta frase, digna de un poema, proviene en realidad de un libro para aprender latín: “Philomela cantat suavissime omnium; alauda cantillat volitans in aëre; cotiurnux humi sedens”.
Poco de extraordinario tendría dicho libro si no fuese por el curioso detalle de que fue escrito hace 360 años. Editado por Iohannes Amos Comenius en 1658, Orbis sensualium pictus (El mundo en imágenes) es considerado el primer libro de texto de la historia y el primer libro ilustrado para niños. El párrafo antes citado va acompañado de la ilustración de un ruiseñor, una codorniz y una alondra desplegando sus alas (puedo describir esta imagen gracias a que tengo la fortuna de sostener un facsímil de esta obra en mis manos).
Independientemente de su valor didáctico, Orbis sensualium… nos abre la fascinante posibilidad de asomarnos a la vida cotidiana de la Europa posrenacentista.
En un capítulo dedicado a enseñar a los niños cuáles son las especies del mundo animal, se describe al bisonte y al búfalo como “bueyes fieros”. Pero lo que más me llama la atención es la peculiar mezcla de realidad y fantasía, pues me encuentro con el mítico unicornio al lado del basilisco, la legendaria bestia que mata con el poder de la mirada. Y, digno de un episodio de Juego de tronos, se afirma con la mayor tranquilidad que el dragón es una especie de “serpiente con alas”.
Entre las ocupaciones, se señalan algunas de las que siguen vigentes en la era actual (albañil, herrero, zapatero) y otras en vías de desaparición: el fabricante de cuerdas (cordelero) y el de barriles (tonelero). Sobre este último, se asevera: “Ceñido con su mandil de cuero, sobre el banco de cortes hace cinchos con varas de avellano y duelas de madera con la cuchilla de dos mangos”. Se apunta también que los mineros se iluminan con lámparas de aceite para verter en canastas el metal recolectado.
Haciendo un guiño a la imaginación, Comenius explica que una pulga “aparece como un lechón”, vista a través del recién inventado microscopio. Sin embargo, ceñido aún a la visión geocentrista, anuncia sin reparos que “el cielo gira y da vueltas alrededor de la Tierra, que está fija en medio”. Una verdadera ironía, si tomamos en cuenta que, apenas unos años antes (en 1633), Galileo Galilei había sido obligado por la Iglesia Católica a abjurar de su argumentación heliocéntrica (es decir, que la Tierra gira alrededor del Sol), para luego rematar, con socarronería: “Eppur si muove” (Y sin embargo, se mueve).
Aún así, es de reconocerse que Comenius le da un lugar en su obra a la esfera celeste (“el cielo tiene estrellas por doquier”). Si bien sus números resultan un tanto inocentes (pone en “más de mil” el número de estrellas en el firmamento), no anda tan perdido. Si bien la Vía Láctea está conformada por alrededor de 100 mil millones de estrellas, también es cierto que solo podemos ver alrededor de 6 mil a simple vista.
En cuanto a los planetas, solo son mencionados siete, pues Urano no era aún considerado como tal, dada su escasa luminosidad y la lentitud de su órbita). Se les describe, por cierto como “estrellas errantes”.

Continuaré con la glosa Orbis sensualium pictus la semana entrante.