Heridas de odio poco amables

Se dice que las primeras experiencias en la vida nos marcan para siempre. Nacemos, buscamos, elegimos, decidimos, aprendemos e incorporamos las experiencias para formar la directriz de cómo viviremos sucesivamente el resto de nuestra vida.
Al nacer solo respondemos de forma refleja a las miradas, sonrisas, pinchazos y a nuevos sabores sin entender conscientemente significado alguno. Son las vivencias de los tres primeros años de la vida, las que nos irán ofreciendo un conjunto de opciones que forjarán nuestra personalidad para enfrentar las oportunidades y adversidades para sobrevivir. Sin embargo, a un niño pequeño, su desarrollo no le permite tener ética, moral, ni sentido del tiempo; vive el instante presente: cuando tiene hambre, “se muere de hambre”; cuando está solo, se siente “abandonado para toda la eternidad”; cuando llora, lo hace “de manera tan dramática”. Así que, para sobrevivir necesita el amor de mamá y “está dispuesto” a cualquier patraña para asegurarse que ese amor es su supervivencia.
Los registros psicológicos del miedo al abandono y a la invasión desmedida quedan marcados como una cicatriz, de tal forma, que toda experiencia posterior de perdida de amor o desprotección de “otro gran amor-dependiente” generarán estados de ansiedad que algunos autores llaman “herida de invasión”.
Muchas personas viven con heridas de invasión que las hace ser más sensible a cualquier actuación o situación de vida que refleje un abuso, engaño, abandono, maltrato o manipulación, generando emociones confusas, de sufrimiento, y una actitud de tristeza u odio. Pueden ser sonidos-ruidos que genera el trabajo del vecino, los autos que nos acompañan en la carretera, los niños en “las pelotas” al fondo del restaurante, la mala conducción del chofer del Qrobús, el rechazo de un trámite de licencia, la broma de los compañeros de oficina, la pérdida del celular, el cobro excesivo del servicio de agua en casa, el asalto a la tienda de abarrotes de la esquina, la cancelación de un apoyo de gobierno, terminar con la novia, la muerte de un familiar… puede haber tantas situaciones, con ninguna o tanta importancia, que dan ganas de “salir corriendo” o entrar en desesperanza.
Los estados emocionales que con mayor frecuencia llegan a la consulta del psicólogo son la tristeza y el temor (depresiones y ansiedades), pero pocas personas llegan a pedir consulta porque odian a otras personas: se la pasan gritándole a la pareja; no toleran al jefe y desean matarlo; escriben en redes sociales infinidad de insultos a diestra y siniestra; odian a otros que odian a sus contrarios; o piensan que ante cualquier injusticia hay que quemar vivos a los victimarios. El odio carcome el estómago, deforma el semblante, brazos y puños se tensan y la impotencia hace pasar un mal rato al que odia y a quienes le rodean. El odio se contagia.
Hay muchos autores que aseguran que la tolerancia, la paz y el respeto llevan a una convivencia saludable y satisfactoria, pero hay un concepto que está teniendo auge en la vida social, que es la amabilidad. Es prometedor el que varones y mujeres adquiramos la capacidad de ser amables si no lo somos, ya sea por un proceso terapéutico o por conocimientos psicoeducativos. Pero antes hay que evaluar el nivel de odio, justificable o no, para prepararse a un cambio de fondo, pues lo imposible es volver a nacer, amablemente.