Orbis sensualium pictus, un hechizo del pasado (II de III)

Daba cuenta la semana pasada de un libro del siglo 17 que el destino ha puesto en mis manos a través de una impresión facsímil. Se trata de Orbis sensualium pictus, editado en 1658 por Iohannes Amos Comenius. Es considerado el primer libro de texto de la historia, pues se utilizaba en las escuelas para enseñar latín a los niños europeos por medio de una serie de descripciones de la vida cotidiana salpicadas de ilustraciones.
Te comparto, lector/lectora, algunas de las cosas que descubrí sobre la Europa de aquellas épocas y que resulta fascinante por su interés cultural e histórico.
En lo referente a los medios de transporte en el renacimiento tardío, se hace patente que “los magnates son transportados por seis caballos y dos cocheros” en carruajes; y los menos poderosos, en calesa, tirada por solo dos equinos. El clasismo se vuelve también evidente entre el público que asistía a las representaciones teatrales, ya que “los espectadores distinguidos se sientan en la platea [y] el pueblo está de pie en el gallinero”. En cuanto a la distribución geográfica, se asienta que el rey o príncipe reside en la metrópoli, la nobleza en los castillos y los campesinos en las aldeas. Los nobles instalaban oficinas de peaje a orillas de los ríos navegables y de los caminos reales, ya que los viajeros debían pagar por su derecho de uso.
La monarquía se encontraba en todo su esplendor: “Rodeado de regia solemnidad, el rey se sienta en su trono, con atuendo magnífico, ceñida la corona y empuñando el cetro, rodeado de multitud de cortesanos”. Disponía el monarca para su servicio: pajes, lacayos, bufones, camareros y soldados de la guardia de honor (conocidos como alabarderos).
Entre los reinos de Europa se mencionaban algunos con nombres ahora desconocidos: el reino de Tracia se asentaba en lo que es ahora Turquía; Podolia, en la actual Polonia; a Mongolia se le conocía como Tartaria y los países nórdicos eran llamados Laponia.
En los tiempos bélicos de entonces, un guerrero portaba yelmo (casco) y armadura. Esta última estaba compuesta por coraza, collar de hierro, brazales, espinilleras, guanteletes, loriga (láminas de acero colocadas a manera de escamas) y escudo. Se armaba el combatiente con espada, sable, espadón y puñal. Sin embargo, los más avanzados portaban escopetas y pistolas, que funcionaban con un compuesto de polvo de nitrato (deriva de ahí el nombre de pólvora).
Las batallas navales eran descritas como “terribles” por cruentas. De las embarcaciones se asienta que “se destrozan entre sí a cañonazos” para después hundirse “presas del fuego”. Los tripulantes del infortunado navío “son lanzados al aire o se queman en medio de las o se ahogan al saltar al mar”. Si el navío resistía el ataque, se daba a la fuga, lo que originaba una persecución en su contra.
Si una ciudad era sometida al asedio, mediante una trompeta se le conminaba a la rendición. De lo contrario, los sitiadores procedían a intentar demolerla a cañonazos, al tiempo que empezaban a escalar los muros. Como resultado: “la ciudad tomada por asalto es saqueada, destruida y, en ocasiones, allanada”.
Continuaré la semana entrante con más de los cautivadores datos que encontré en Orbis sensualium…