Orbis sensualium pictus, un hechizo del pasado (III de III)

Me he referido en las dos entregas anteriores a un libro del siglo 17 que el destino ha puesto en mis manos: Orbis sensualium pictus. Editado en 1658 por Iohannes Amos Comenius, se le considera el primer libro de texto de la historia, ya que se utilizaba para enseñar latín a los niños de la Europa posrenacentista por medio de relatos de la vida típica, ilustrado con grabados. He encontrado en sus páginas datos tan interesantes como los que ahora refiero.
Puesto que la religión dominante era la cristiana, a los demás cultos se les etiquetaba de paganos, y de estos se decía que en conjunto adoraban a “casi 12 mil deidades”. De los dioses griegos y romanos, a Príapo se le describe como “el más obsceno de todos”; de los egipcios se asevera que “honraban como dios a todo animal y planta, y lo primero que veían por la mañana”; de los filisteos, que “ofrecían a Moloc sus niños para ser cremados vivos”, y de los creyentes del hinduismo, que “veneran aún a los demonios”.
Sobre la enseñanza escolar, se estipula que los alumnos cotidianamente “se ponen de pie y recitan de memoria lo aprendido”. Es posible, no obstante, detectar los tempranos antecedentes del ‘bullying’, ya que el citado libro apunta que algunos de los escolapios “charlotean y se portan insolentes y negligentes; estos son castigados con la palmeta y la vara”.
Con respecto a los eruditos, se nos hace ver que el hombre estudioso, separado de los demás, “se sienta en soledad, entregado a su afición mientras lee los libros”, y si estudia de noche, enciende un candelabro, aclarando que “los más ricos usan cera, ya que la candela de sebo huele mal y humea”. Entre los europeos doctos se incluyen el metafísico, que “indaga las causas y efectos de las cosas”, el aritmético (“computa números en la tabla de cálculo”), el geómetra (“mide la distancia entre dos lugares con el cuadrante o con el teodolito”) y el físico, quien “observa todas las obras de Dios en el mundo”.
Se estipula que el alma del ser humano está conformada por la mente o entendimiento; la voluntad, que nos faculta a elegir o rechazar lo conocido, y el ánimo, que permite buscar el bien elegido o huir del mal rechazado.
El sistema penal europeo del posrenacimiento se regía aún por mucha de la brutalidad que había caracterizado al Medioevo. Cito al pie de la letra el tratamiento que se daba a aquellos que infringían la ley: “Los malhechores son sacados por los alguaciles de la cárcel (donde suelen ser atormentados) o son arrastrados por caballos al lugar del suplicio. Los rateros son colgados en el patíbulo por el verdugo; los adúlteros son decapitados; a los homicidas y ladrones se les pone con las piernas rotas en la rueda; las hechiceras son quemadas en la hoguera”.
A tales “linduras” podemos agregar que “a algunos, antes de someterlos a suplicio, se les corta la lengua o la mano sobre un bloque de piedra, o son quemados con tenazas”. Trágicamente, a aquellos que se les perdonaba la vida tampoco les iba nada bien: “Se les amarra a la picota, se les descoyunta, se les pone en el potro (instrumento de tortura) y se les amputan las orejas”.
En fin, en Orbis sensualium pictus se ponen claramente de manifiesto los evidentes claroscuros de la Europa posrenacentista. Generosamente, nos abre la puerta a un pasado que podemos atisbar con amplia gratificación y asombro.