Jipis, insólitos pioneros de la globalización

Seamos sinceros: afirmar que los jipis son los pioneros de la globalización suena tan absurdo como sugerir que “El Loco” Valdés es un psiquiatra destacado o que ciertos acordes del reguetón nos harían pensar en Johann Strauss.
De acuerdo, reconozco que suena absurdo mezclar gimnasia con magnesia, pero me explicaré. Empezaré citando algo que escribió el Dr. Manfred Steger, que tuvo a bien fundar el Centro de Investigación en Globalismo, de la Universidad RMTI, en Australia: “La globalización nunca fue solamente una mera cuestión del libre flujo de capitales y servicios entre las fronteras nacionales. Más bien, constituye a un conjunto de procesos multidimensionales por medio de los cuales las imágenes, sonidos digitales, metáforas, símbolos y los arreglos espaciales propios de la globalidad han resultado ser tan importantes como la dinámica económica y tecnológica que la caracteriza”.
Tulasi Srinivas, una antropóloga especializada en estudios globales, coincide con Steger: la globalización es un fenómeno que abarca múltiples facetas de la identidad cultural de las naciones. En su libro Winged faith (La fe alada), argumenta que gurúes de la India tan populares como lo fue Sathya Sai Baba, han resultado ser personajes clave de la globalización cultural. Con 70 millones de seguidores en todo el mundo, el controversial maestro espiritual construyó un imperio digno de Genghis Khan.
¿Y los jipis, apá? Bueno, a los jipis –con todo y sus fallas y excentricidades– les debemos el haber roto múltiples paradigmas sociales y culturales en la década de los 60. Con un estilo de vida sui géneris, caracterizado por el exceso en materia de sexo (ellos le llamaban “amor libre”) y drogas (principalmente LSD), nos transmitieron una visión entre ingenua y utópica: creer que los seres humanos haríamos mejor en danzar, bailar y abrazarnos como los hermanos que somos, en vez de enfrascarnos en guerras (Vietnam, en su momento) o hacerle el caldo gordo a los magnates de Wall Street (Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, acertadamente apuntó en alguna ocasión que el capitalismo nació sin corazón).
Los jipis, punta de lanza del “flower power”, fueron retratados con asombrosa precisión en el musical Hair, estrenado en 1968, que narra la historia de un grupo de jipis neoyorquinos políticamente activos, comprometidos con la paz, el amor y la revolución sexual.
Acuario, la canción emblema de este musical, pregona un mundo ideal, sin limitaciones ni fronteras, que anticipa la apertura globalizadora a la que continuamos aspirando en nuestra época: “Es el amanecer de la era de Acuario, / la paz guiará a los planetas / y el amor dirigirá las estrellas; / armonía y entendimiento / abundancia de solidaridad y confianza, / no más falsedades o burlas; / un vivir dorado de sueños y visiones / y una verdadera liberación de la mente”.
Con los brazos abiertos y el corazón por delante, los jipis, esos ingenuos bufones malogrados, nos invitaron a romper barreras para una convivencia más humana y honesta. Alejados de toda ortodoxia, y sin querer servir de ejemplo para nadie, nos enseñaron que la aspiración a una vida comunal universal debería ir más allá de una cándida fantasía de Broadway.