¿“Caudillo” o ESTADISTA?

¿Qué desea México de su presidente? ¿Al personaje que se presenta a sí mismo como la única alternativa de justicia, único vocero, único administrador y único tomador de decisiones, o al especialista que posee un gran conocimiento y experiencia en asuntos públicos?
La respuesta es obvia, más aún después del Primer Informe de Gobierno de Andrés Manuel. Sin embargo, lo que hoy tenemos sentado en la silla presidencial no es más que un triste dibujo de caudillo del viejo régimen, que maneja el rumbo de todo un país sin un plan estratégico y, por ende, está muy -pero muy- superado por las circunstancias.
Y es que cuando un país elige en función de sus urgencias, llena los vacíos con cualquier cosa; y, en este caso, México eligió desde su infinita necesidad de un cambio. Bien dicen que no hay peor cosa que decidir desde lo que NO queremos, porque así jamás obtendremos lo que SÍ necesitamos. Pero, una vez más, compramos espejitos…
Se nos olvidó, a la hora de elegir, que cualquier país que se respete un poco, se merece tener al frente a un verdadero ESTADISTA, que conozca en profundidad la situación de la sociedad que representa, los recursos con los que cuenta y la posibilidad de llevar a cabo un plan específico de acciones para el desarrollo y el progreso sostenido de una nación. En resumen, a alguien que deje una marca de cambio positivo desde la modernidad y la responsabilidad, no desde la desunión, el señalamiento de errores pasados y el autoritarismo por encima de la ley.
Una y otra vez, Andrés Manuel nos demuestra que se vale pararse frente a la gente, desorganizado e inconexo -como solo la gente desarticulada mental y verbalmente puede hacerlo- sin estar debidamente informado. Gravísimo, si tomamos en cuenta que la salida fácil a semejante falta de respeto a México es expresar que él tiene “otros datos” -los suyos- para refutar cualquier cuestionamiento que se le haga. Y más grave aún cuando hoy se enfrenta al enorme reto de frenar una ola brutal de violencia, una economía cada vez más endeble y estancada y, lo que para su ego descomunal debe ser lo peor, una sociedad que empieza a sentirse profundamente desencantada de un gobierno sin certeza.
Hoy y para el futuro tenemos ya que aprender una lección como mexicanos: necesitamos tomarnos en serio como un país con gran potencial para ponerlo en manos de gobernantes que nos guíen hacia la grandeza, aprovechando al máximo nuestras capacidades y descubriendo oportunidades que se transformarán en generación de riqueza; no a un político mesiánico, a la defensiva, que genera desconfianza y miedo en un país ya muy lastimado por su historia.