¿Confía usted en los diputados?

¿Alguna vez usted se ha sentido verdaderamente representado por sus diputados, ya sean locales o federales? ¿Confía usted en ellos?
La verdad es que yo no, porque -en los hechos- han mostrado una y otra vez que obedecen más a los intereses partidistas y personales que a los del pueblo al que supuestamente representan.
Seguramente alguien podrá decir que no se puede generalizar… y es cierto, debe haber excepciones; sin embargo, el comportamiento en general de estos personajes -hombres y mujeres- dista mucho de asemejarse al de un paladín (el término, según el diccionario, significa “Persona que defiende esforzadamente una causa noble”).
… Ahí tiene usted la llamada “Ley Bonilla”, aprobada por el Congreso de Baja California, para ampliar el periodo del próximo gobernador, de 2 a 5 años.
… Ahí tiene usted la rebatinga de la semana pasada que mantuvo a la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión al borde de una crisis constitucional, por la integración de la mesa directiva.
… Ahí tiene usted a los diputados del Congreso del Estado de Querétaro entre dimes y dieretes, para aprobar un simple exhorto que pediría al Gobierno federal y al estatal que llevatan a cabo las acciones necesarias para que la zona de Peña Colorada fuera declarada como Área Natural Protegida.
Y no, no es un problema de un determinado partido político; en el fondo todo se reduce a a la eterna lucha encarnizada por el poder político y económico… su agenda es definida en función de eso.
En tanto, la de nosotros los ciudadanos está enfocada a resolver nuestro entorno cercano, nuestras necesidades básicas; buscamos tener certidumbre en materia de salud, de seguridad, en el trabajo… y lograr la felicidad.
Por eso los caminos de los diputados parecen no cruzarse con los nuestros; de ahí que en el país, por ejemplo, el 44.7% de la población de 18 años y más que habita en áreas urbanas de por lo menos cien mil habitantes -según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2017 (ENCIG) del INEGI- dijo tener “mucha desconfianza” hacia las cámaras de Diputados y de Senadores.
Únicamente el 1.7 por ciento manifestó sentir “mucha confianza”; el 18.8 por ciento, “algo de confianza”; y el 29.7 por ciento, “algo de desconfianza”. La calificación de confianza que obtuvieron ambas cámaras fue de 3.4, solo por encima de la que recibieron los partidos políticos, que fue la peor (3.1). Las instituciones mejor calificadas fueron “familiares” (8.0) y “universidades públicas” (7.4).
¿Y a dónde nos lleva todo esto? De entrada, a que el trabajo de estos representantes populares debe ser evaluado; la sociedad tiene derecho a saber qué resultado están dando en todos sentidos, porque sus decisiones sí tienen consecuencias en nuestras vidas.
Por ello, debemos exigir que se creen instrumentos de medición efectivos; más allá de contabilizar únicamente las iniciativas de ley presentadas por cada uno (y una), y si estas fueron o no aprobadas; y saber cuántas asistencias o inasistencias han tenido, o el sentido de sus votos.
En resumen, urge que el trabajo legislativo sea evaluado en función de su relevancia y contribución a consolidar la gobernanza; de lo contrario, no podremos dejar atrás este patético escenario…