El insólito caso de la secretaria y el papel higiénico

Se dice que los seres humanos pasamos más tiempo en el trabajo que en el ámbito familiar. Esto se debe a que millones de individuos se ven precisados a centrar su rutina diaria alrededor de la dinámica propia de la vida organizacional.
¿Qué es una organización? Un colectivo de personas coordinadas para el cumplimiento de una meta en común. Sus integrantes han de seguir una serie de normas y procedimientos que arrojen claridad y certidumbre sobre lo que debe hacer cada quién, cuándo y de qué manera. Esta práctica es ciertamente deseable y necesaria.
Sin embargo, no existe una organización que no se enfrente a una inevitable paradoja: “1. Si no establecemos reglas para el buen funcionamiento de la organización, pondríamos en riesgo el cumplimiento de nuestro objetivo; 2. Estas reglas necesariamente restringirán la libertad de nuestros colaboradores”.
Demasiadas libertades conducirían al caos, sí; pero demasiadas reglas sofocan el libre arbitrio de los sujetos organizacionales. El reto, pues, radica en cómo organizar las acciones del personal sin demérito de su libertad y, sobre todo, de su dignidad y sus derechos humanos.
Este frágil equilibrio es, por desgracia, vulnerado por los abusos de poder de quienes imponen las reglas, situación que me lleva a preguntarme: ¿hasta qué punto la presente relación directivo-jefe inmediato-empleado resulta una variante sutil y moderna de la antigua relación hacendado-capataz-esclavo? Cuando se rebasa la delgada línea entre “estas son las reglas y, ni modo, las cumples” y “tus reglas son una mera excusa para tus juegos de poder”, se genera un ambiente explosivo en los equipos de trabajo.
El ejemplo más dramático de abuso psicológico con el que me he encontrado, fue en un despacho contable para el que hice un estudio de clima organizacional. Conversando con los empleados, les pregunté cómo se sentían y me dijeron que sumamente frustrados. La mayor causa de su satisfacción me sorprendió. “Lo que me molesta -dijo uno- es que cuando tengo que ir al baño, tengo que pasar con la secretaria del contador a pedirle la llave del baño y el papel higiénico, y al salir debo devolverle el rollo”.
Al hablar con la susodicha para verificar si lo que me decían los ayudantes contables era cierto, me respondió: “Sí, tuve que empezar a hacerlo, pues se estaban robando el papel de baño”. Algo que después descubrí en mi estudio es que esta persona tenía demasiado poder dentro de la empresa, ya que el contador en jefe nunca estaba. Ella llenaba el vacío de poder, tomando decisiones que no le correspondían, incluida la humillante práctica del control de los sanitarios y el papel higiénico.
Para explicar por qué suceden estas cosas, el filósofo Michel Foucault afirma que las organizaciones crean “cuerpos dóciles”, es decir, sujetos sometidos a una vigilancia constante para garantizar el control de sus acciones. En suma, tendríamos que buscar la manera de no poner en riesgo el delicado equilibrio entre normatividad y libertad.