Adiós, don Miguel

Se nos fue don Miguel León Portilla, ese historiador supremo que dedicó su vida a cultivar y nutrir el nexo que nos une a nuestra herencia indígena. Es, sin duda, el punto de referencia obligado en el estudio y valoración de la lengua y literatura náhuatl y, gracias a su diligente labor como traductor, podemos disfrutar de variados textos de la cultura mexica, incluidos los poemas del señor Nezahualcóyotl:
“Yo, Nezahualcóyotl, lo pregunto: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra: solo un poco aquí. Aunque sea de jade se quiebra, aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: solo un poco aquí”.
En efecto, don Miguel, no para siempre en la tierra, por lo que hago votos para que su ascensión a Ilhuícatl-Omeoyoacán, el más alto de los 13 cielos aztecas, lo salvaguarde del influjo de Mictlantecuhtli, el dios de las tinieblas, cuyos aposentos se encuentran en las regiones más oscuras del Ombligo de la Tierra.
Nunca lo conocí, don Miguel, pero tengo la fortuna de contar entre mis más preciadas posesiones un ejemplar de Cantares Mexicanos autografiado por usted: “Para Raúl, MLP”, fechado el 15 de noviembre de 1914. Esto fue posible gracias a mi hija Jessica, quien fungió como intérprete en un evento internacional de poesía del que usted formó parte. Cuando regresó a casa, me dijo: “Papá, te traje los Cantares Mexicanos, y le pedí a don Miguel que te autografiara el primero de los tres tomos”.
Cantares Mexicanos, como sabemos, es un compendio de poemas y cánticos en náhuatl, recopilados por fray Bernardino de Sahagún en el siglo 16. Hace algunos años, Don Miguel dirigió a un grupo de especialistas, comisionados por la UNAM, para elaborar una edición bilingüe náhuatl-español de esta obra.
Como un modesto homenaje a tan destacada figura de la intelectualidad mexicana, reproduzco para el lector/lectora algunos pasajes de poemas contenidos en su libro Quince poetas del mundo náhuatl (1994), que fueron –desde luego– traducidos por él:
“No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos. Yo, cantor, los elevo, se reparten, se esparcen. Aun cuando las flores se marchitan y amarillecen, serán llevadas allá, al interior de la casa del ave de plumas de oro” (Señor Nezahualcóyotl).
“Mi corazón está triste… se ha ido el joven y fuerte guerrero, el azul del cielo es su casa. ¿Acaso vienen Tlatohuetzin y Acapipíyol a beber el florido licor aquí donde lloro?” (Nezahualpilli).
“Nosotros graznaremos como águilas, nosotros rugiremos como tigres, nosotros, viejos guerreros águilas. ¡Que no os hagan prisioneros! Vosotros, daos prisa” (Tlatoani Axayácatl).
“Nadie hará terminar aquí las flores y los cantos, ellos perduran en la casa del Dador de Vida” (Ayoucan Cuetzpaltzin).
“Flores placenteras, las inventa el Dador de la Vida, las ha hecho descender el inventor de sí mismo, flores placenteras, con esto vuestro disgusto se disipa” (Señor Nezahualcóyotl).