El bálsamo maravilloso…

Doña Pancha no sabe cuántos años tiene exactamente, pero debe estar más cerca de los noventa que de los ochenta. Cuando visitaba la casa de mi suegra, en Uruapan, Michoacán, ella siempre estaba ahí; con su mandil puesto y una cuchara de palo en la mano (que igual utilizaba para meter en cintura a los niños, que para hacer unos deliciosos frijoles refritos), buscando la manera de complacer y atender a cada uno de los miembros de la familia… su generosidad es inmensa.

Al igual que Luz del Amanecer -la mujer kikapú que pasó a formar parte de la familia del doctor Brown, en la novela de Laura Esquivel, Como Agua Para Chocolate- la nana Pancha posee una gran sabiduría sobre las propiedades curativas de todo tipo de yerbas… con solo ponerlas a hervir en una cazuela o sumergirlas en alcohol.

Cuando mis hijos eran pequeños, y se quejaban de dolor de piernas; ella diagnosticaba que era por el “crecimiento”; así que de inmediato corría a sacar del fondo de un clóset, un frasco de cristal con un ungüento verdoso. “Dales una friega y verás cómo se les quita”, auguraba.

Y sí, el bálsamo funcionaba maravillosamente, y ¡cómo no!, si el mágico linimento, elaborado por ella misma, estaba hecho a base de marihuana… “mariquita”, le dice de cariño.

Doña Pancha cuenta que al principio solía ir a la zona militar con un “pomito” de cristal -tipo Gerber- con “alcoholito”, y los propios soldados le regalaban unas hojitas de la que resguardaban por los aseguramientos; pero que ellos mismos zambullían en el líquido…

Sin embargo, como los elementos castrenses dice “eran muy méndigos y le daban muy poquita” – y el remedio resultaba insuficiente, porque todos le pedíamos a cada rato ante la menor “dolencia”- decidió que era mejor tener su propia maceta.

Entonces recurrió a una amiga que solía presumir que tenía algunas “matitas” traídas de La Ruana, para que le obsequiara algunas “semillitas”.

Las macetas -porque tuvo dos- estaban en el tendedero, muy cerca de su cuarto; en donde les llegaba el reflejo del sol… así las tuvo varios años, en los que esmeradamente colocaba las “ramitas”, ya no en frasquitos, sino en garrafas.

Su lento caminar debido al exceso de peso -y a las secuelas del síndrome de Guillain-Barré que la dejó postrada durante un año, pero del que milagosamente se recuperó- no le impedía subir rápidamente a la azotea (donde estaba el tendendero) a esconder las macetas, cada que escuchaba sobrevolar una avioneta de la entonces PGR; y es que tanto su comadre, como los vecinos, e incluso nosotros mismos en la familia, le advertíamos “un día de estos, los judiciales se la van a llevar al bote”…

Todo esto vino a mi mente, al saber la semana pasada de la iniciativa de ley del diputado federal de Morena, Mario Delgado, que contempla permitir el autocultivo de la “mariquita”; y para lo cual -de ser aprobada- no se requerirá licencia para tener un máximo de 6 plantas, exclusivamente para el consumo personal.

La intención del legislador –acorde a lo planteado en el Plan Nacional de Desarrollo, de reformular el combate a las drogas; ya que la estrategia prohibicionista es “insostenible, no sólo por la violencia que ha generado, sino por sus malos resultados en materia de salud pública”- es despenalizar la siembra, cultivo y cosecha de plantas de marihuana; siempre y cuando estas actividades se lleven a cabo con la autorización de una comisión reguladora.

También habla de la creación de una empresa pública, propiedad del Gobierno federal: “Cannsalud”, la cual sería la única que compraría la cannabis y sus derivados a los particulares que contaran con las licencias para la venta de estos productos.

… Cuando falleció mi suegra, hace alrededor de ocho años, Doña Pancha no podía permanecer sola en aquella casa tan grande, sin nadie que la cuidara; así que se mudó a vivir a Querétaro… entonces las macetas se acabaron y el bálsamo maravilloso quedó en el pasado.