Solo poquito

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“Que me pegue, pero que no me deje”. De nuestras raíces mestizas forjadas en una sociedad injusta de conquistadores y conquistados, aprendimos un comportamiento obsequioso con algunos e inequitativo con otros, bajo el cual caer en acciones fuera de lo legal para compensar la inequidad se fue convirtiendo en una actitud común entre los mexicanos. Y así, se normalizó la ‘ transa’ como herramienta de desquite, como vía legítima de ascenso y como la única manera para progresar.

De ahí el ‘ que roben, pero no tanto’ es el claro ejemplo de una cultura a la que se le ha metido hasta la médula la corrupción sin que se puedan, si quiera, determinar las manifestaciones de su propia enfermedad. Y está claro que la única forma de combatirla es por medio de actos ciudadanos, pero no sin antes realizar un auto diagnóstico de cómo y de qué formas está infiltrada esta enfermedad en el cuerpo social. Diría Tomasini Bassols que “ningún mal se puede contener si nada más se le padece”.

Sufrimos tal falta de visión global de lo que nos sucede que cometemos actos de corrupción en todas las esferas de nuestro país, desde la compra de exámenes en la escuela, la alteración de básculas en el mercado, la venta de automóviles con fallas, la presentación de justificantes falsos en el trabajo, el manejar en estado de embriaguez o hasta arrojar basura en lugares públicos. Acciones, todas ellas, tan aceptadas por su cotidianidad por no ser vistas como prácticas corruptas graves, que se repiten sin consecuencias. Y ¿cómo no?, si casi el 70 por ciento de los mexicanos considera que la probabilidad de ser atrapado y recibir un castigo es muy baja.

La corrupción en México no solo está en nuestra cultura, sino en nuestro pensamiento. Y lo que se piensa se es. Se educa pues a la siguiente generación, a la siguiente y a la siguiente en el pensamiento de la permisividad y matamos, no solo el deseo de esforzarnos más que el de al lado, sino de emprender sin tomar atajos, cuando no sería necesario caminar las rutas torcidas de la mordida si pavimentáramos el camino.

Triste realidad de un pueblo que ve la paja en el ojo ajeno y que premia a quien, aunque robe, derrama un poquito a la sociedad. Como si la legalidad tuviera notas más o menos profundas cuando es vulnerada; como si al permitir tantito, no se estuviera permitiéndolo todo.