Escuchar al enemigo

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Con el arribo al poder de líderes cínicos y autoritarios como Trump y Putin, la intolerancia ha tomado auge como moneda corriente en la escena internacional. Si agregamos a la lista personajes como Nicolás Maduro y Kim Jong-un, el coctel se torna aún más explosivo.

Un ejemplo de esta tendencia es la filtración del contenido de la conversación telefónica sostenida hace medio año entre Trump y el presidente Peña, en la que el primero ejerció una abierta presión para silenciarnos sobre el tema del muro. Si bien el mandatario nacional le hizo ver que le resultaba “completamente inaceptable que los mexicanos paguen por el muro que usted piensa construir”, finalmente cedió y aceptó dejar de ventilar ante la opinión pública tan delicado tema.

Como estudioso de la comunicación, me resulta particularmente difícil observar cómo en los tiempos presentes el diálogo productivo ha cedido su lugar a la intimidación y el chantaje.

Pongamos el caso de la no tan lejana sucesión presidencial. Recurriendo a una retórica francamente desgastada, tanto el establishment como la oposición toman turnos para echarse tierra entre sí. Por un lado, se escucha una vez más la cantaleta de siempre: “¡El Peje es un peligro para México!” (como Hugo Chávez tuvo la mala ocurrencia de morirse, no sé con quién se le va a equiparar ahora, pues Maduro como que no da el ancho). Por otro lado, las predecibles rabietas contra “La mafia del poder y sus paleros que le hacen el juego” ya parecen disco rayado (no sé por qué me vienen a la mente escenas de “Chabelo y Pepito contra los monstruos”).

Cabría recordar que el diálogo sigue y seguirá siendo una opción y que intercambiar un mesurado punto de vista con el contrincante no significa que tengamos que estar de acuerdo con él o concederle la razón.

Pues bien, esto es, precisamente, lo que optó por hacer Dylan Marron, un controvertido productor de videos en los que, con valentía,denuncia las injusticias sociales en los Estados Unidos.

Me explico.

El citado personaje acaba de estrenar un podcast (emisión de tipo radiofónico por internet), intitulado “Conversaciones con gente que me odia”, en el que invita a personas que abiertamente lo han criticado en las redes sociales a que le digan en su cara por qué.

En el primer episodio, interactúa en un marco de respeto mutuo con un individuo de actitudes racistas y homófobas que ha confesado odiarlo. “No se trata de que usted y yo entremos en debate –le dice–, sino de que nos escuchemos y tratemos de entender la manera de pensar del otro”, le dice.

Tras 30 minutos, llegan a la conclusión de que prácticamente no coinciden en ningún punto. Sin embargo, se agradecen el uno al otro por escucharse con fineza y cortesía. Saben que nunca podrán considerarse amigos, pero tampoco les interesa quedar como enemigos.

Si bien la idea que tuvo Dylan al hacer este podcast parecería una locura, me parece que éste constituye un excelente ejercicio de civilidad y apertura. ¿Cómo verías, lector/lectora, si lo replicásemos con aquellos que han quedado en la esquina contraria en nuestras vidas?