Cuando la razón muere

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Siglo tras siglo, década tras década, el ser humano repite conductas gestadas a partir de juicios negativos que –irremediablemente- acabarán destruyendo los sistemas que él mismo construye.
Estos prejuicios que se hacen sobre un concepto, persona o cualquier otro tema son aprendidos y heredados de generación en generación como absolutas verdades y, por natural a la humanidad que esto parezca, si no se erradican a tiempo, crean ideologías completas que alimentan sentimientos sumamente nocivos y exponencialmente destructivos como el odio y el temor. Y lo peor no es albergarlos, sino actuar en función de ellos. Hoy nos enfrentamos, como nunca en la historia, a una radicalización extrema; fenómeno que, aunque no es exclusivo del siglo XXI, si difiere en que en otras épocas se odiaba, por ejemplo, a la ciencia por temor a que esta despertara conciencias y pusiera en peligro al poder que se ejercía sobre la gente. Actualmente, emana del rechazo a las personas que se consideran diferentes por el simple hecho de serlo, como si el valor se midiera a partir de elementos biológicos o culturales. Es decir, nos hemos radicalizado globalmente, sin más razón que la no aceptación de nuestras diferencias. Tal pareciera que –a partir de la ‘digitalización de las ideas’ a través de la web- el conocernos más de cerca en vez de hermanarnos, nos ha polarizado.
Más preocupante aún que las faltas de respeto a las prácticas o creencias distintas a las propias, está la llamada ‘discriminación estructural’ que incentiva, apoya o pasa por alto patrones de comportamiento que, al repetirse, se convierten en institucionales. La Supremacía Blanca, como organización que sale de las sombras y se atreve a levantar la voz sin temor ya a ser anulada, es el mejor ejemplo de esto. Encontraron, por lo pronto en los Estados Unidos, la validación que han estado buscando por décadas para ejercer su conciencia distorsionada. La encontraron en Trump, a quien no consideran necesariamente ‘uno de ellos’, pero cuya figura y discurso ambiguo y contradictorio les ha dado el ‘ok’ para mostrarse como lo que realmente son: fanáticos extremistas sin turbante, no menos peligrosos que aquellos por quienes se sienten amenazados.
Los enfrentamientos violentos en Charlottesville son apenas una pequeña muestra –según lo han dicho ellos mismos- de las tormentas por venir, porque cuando se acciona con permiso absoluto de portar armas a partir del deseo de hegemonía de un grupo sobre otro –blancos sobre no blancos-, el único posible resultado es el derrumbe de una sociedad entera y muchos muertos más.
¿La salvación? No lo sé, tal vez la misma humanidad que en su camino a perfeccionarse a través del tiempo, entienda que la única supremacía que puede proclamar el ser humano es la de la compasión, el respeto por la individualidad y la capitalización de sus diferencias. Que comprenda también que cuando la intolerancia rige al pensamiento, la razón muere.