¿Evitar el suicidio?

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El pasado domingo se celebró el ‘Día Internacional de la Prevención del Suicidio’ y seguramente se difundió una amplia información sobre las causas, riesgos, señales y recomendaciones de cómo evitar ésta conducta que, en el peor de los casos, causa la muerte. Este hecho es muy cuestionado y está cargado de prejuicios, dado el contexto y la particularidad de cada caso. Algunas personas consideran que es una cobardía al vivir, otros reconocen el valor de la persona que lo comete, unos más lo condenan como pecado y no falta quien se alegra e incita en las redes sociales a quienes se proponen llevarlo a cabo o lo logran. Sea tal o cual cosa, el suicidio deja detrás una gran pena que puede llegar a construir duelos interminables.

Atendí hace 25 años mi primer caso de intento de suicidio. Un joven con el que tardé dos horas en entrevista psicológica y… me convenció. No encontré argumentos que tirarán sus motivaciones de querer matarse. No estaba en crisis y así como llegó se fue. Aprendí que así como el amor, la amistad, la economía, la salud y la religión pueden llevarnos a construir una vida de alegrías y satisfacciones, también pueden ser la motivación de pensar que la vida no tiene sentido. Aprendí que independientemente del modelo de intervención psicológica y fármacos, si la persona está convencida de que la muerte es la solución a su situación conflictiva, quizás nada lo detendrá. Tarde o temprano lo intentaría una y otra vez hasta lograr su propósito. También, a este tiempo, he atendido personas que han pasado por más de siete y 10 intentos de suicidio, sin lograr su propósito por circunstancias ‘extrañas’. No supe más de la persona que atendí en aquel entonces, hasta 20 años después que encontré a la persona que lo llevó conmigo y pregunté… “ahí anda, haciendo su vida”, me dijo ella.

El suicidio no deja de ser un problema de salud pública por su incidencia en la población (6 mil suicidios al año en México) y por las consecuencias a la salud mental de los supervivientes (duelo, estigma y culpa que suelen ser muy complicados de resolver). El considerarlo como ‘bueno’o ‘malo’ implica un dilema ético, no solo del suicida sino también de sus familiares y amigos. El llamado ‘última libertad humana’ cuestiona la lucha por el vivir hasta la ‘última voluntad de Dios’ sin importar las condiciones en que nos encontremos. Aunque toda muerte es lamentable, los suicidas no lo ven de esa manera y toman la decisión, bajo los efectos de una droga o alcohol, o en estados mentales no equilibrados, aunque muchos lo intentan estando conscientes de lo que harán y hasta buscan una ganancia secundaria.

Cualquiera que sean las circunstancias y motivaciones, la conducta suicida sigue siendo motivo de estudio e intervención profesional. No todas las personas siguen la misma causa, motivación, método y propósitos, por ello la necesidad de trabajar de manera permanente con la finalidad, no de erradicarla, eso jamás pasará, pero sí de disminuir su incidencia y ayudar a encontrar una motivación de vida a la ya tan lastimada población.