En su inevitable brevedad, las microhistorias son capaces de generar poderosas sensaciones. Consideremos la siguiente, del escritor polaco Stanislaw Jerzy Lec: “Se sentía como un fantasma que jamás se le hubiera aparecido a nadie”. La premisa, además de irónica, es contundente: si sentirse como un espectro sería ya cosa de miedo, imaginarse como uno que nadie ve resultaría francamente lastimoso y patético.
Tras leer y analizar una extensa sucesión de microcuentos, he encontrado cinco temáticas en las narraciones propias de este género literario: A) las frases paradójicas, B) los juegos de palabras, C) la profundidad filosófica, D) el sentido del humor, y E) las historias terroríficas. En esta entrega presento ejemplos de la última categoría.
Hay micronarradores que eligen a seres de otras dimensiones como protagonistas. En Los fantasmas y yo, el literato mexicano René Avilés Fabila refiere: “Siempre estuve acosado por el temor a los fantasmas, hasta que distraídamente pasé de una habitación a otra sin utilizar los medios comunes”. Y el jalisciense Juan José Arreola con su Cuento de horror nos pone los pelos de punta: “La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones”.
La inevitabilidad de la muerte encuentra cobijo en los microrrelatos de esta modalidad. Triple identidad, del poeta argentino Orlando Romano, plantea por ejemplo: “Vio su propia imagen frente a una tumba, llorándose”. En tanto, su paisano Javier Villafañe, relata en El anciano preocupado: “Mis amigos se van muriendo. Pasan los días y voy quedando más solo. Me preocupa. Nadie vendrá a mi entierro”. Subvirtiendo el sentido común, el hispano Rafael Pérez Estrada se expresa así: “Igual que el vivo teme ser enterrado vivo, el muerto siente horror a resucitar muerto”.
En Conjugación, el escritor peninsular Ángel Olgoso recurre a un ejercicio gramatical de singular factura: “Yo grité. Tú torturabas. Él reía. Nosotros moriremos. Vosotros envejeceréis. Ellos olvidarán”. Y, en una micronarración reminiscente de Edgar Allan Poe, la argentina Ana María Shua nos genera una sensación de singular extrañeza: “Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando”.
Una variante del subgénero del terror son las microhistorias “dark” con ligeros toques de humorismo. En La vieja bruja, Javier Villafañe confiesa: “Se me fatigan los ojos. Me tiemblan las manos. Temo marearme en el aire y caer de la escoba”. Por su parte, el español Ramón Gómez de la Serna acota en una de sus inconfundibles greguerías: “Dejó de fumar, pero reincidió, porque le seguían por la casa los ceniceros hambrientos”. Y, en Monstruo, el ya citado Ángel Olgoso narra: “– ¡Eres un monstruo! – le gritó ella. Él asintió con lo que parecía su cabeza”.
La próxima semana llegará a su conclusión esta serie con una dotación final de sorprendentes aforismos y microhistorias.
Bibliografía:
- 1. Mil cuentos de una línea. (2007). Barcelona: Thule Ediciones. Selección de Aloe Azid.
- Por favor, sea breve: Antología de relatos hiperbreves. (2013). Madrid: Páginas de Espuma. Selección de Clara Obligado.