Tomar decisiones -querámoslo o no- es una de las conductas recurrentes en la vida. A diario tomamos decisiones, desde las más simples (“¿qué ropa me voy a poner hoy?”) hasta las más complejas (“¿qué hábitos debería empezar a desarrollar para convertirme en una mejor persona?”). De ahí la importancia de aprender a tomar buenas decisiones (“¿cuál de estas dos ofertas de trabajo debería aceptar?, ¿en la que me ofrecen un mejor sueldo o en la que desarrollaría el tipo de proyectos que más disfruto hacer?”).
Tomar decisiones es, además, un tema de interés para diferentes áreas del conocimiento. Por mencionar algunas: economía (cómo organizar mi presupuesto personal), negocios (cómo desarrollar mi competencia para la toma de decisiones), psicología (qué tipo de persona quiero ser), psicología social (con quiénes me conviene relacionarme más), cultura popular (“¿la pastilla roja o la pastilla azul?”, como se preguntaba Neo en el filme “Matrix”), e inclusive el campo de la filosofía (“¿ser o no ser?, esa es la cuestión”, la legendaria interrogante musitada por el príncipe Hamlet en la tragedia shakesperiana del mismo nombre).
Pensemos en el mundo de los negocios, en el que la toma de decisiones es una de las habilidades obligadas de un directivo. En su “Diccionario de competencias”, la especialista en recursos humanos Martha Alles la define como la “capacidad para analizar diversas variantes u opciones, considerar las circunstancias existentes, los recursos disponibles y su impacto en el negocio, para luego seleccionar la alternativa más adecuada”. Por su parte, Robert Kessler argumenta en su libro “Competency-based interviews” que quien se encuentre en un puesto directivo deberá mostrarse preparado para tomar decisiones en situaciones particularmente críticas o de naturaleza ambigua.
En el campo de la filosofía, Ruth Chang, profesora de la Universidad de Oxford, plantea que no hay alternativas mejores o peores cuando se trata de tomar decisiones cruciales en la vida. En reciente entrevista concedida al diario hispano “La Vanguardia”, la cual me hizo llegar mi dilecta amiga Carolina Roitman, la catedrática articula así su razonamiento: “Ante una elección difícil, cometemos el error de pensar que una alternativa es mejor que otra [y] que somos demasiado tontos o ignorantes para ser capaces de descubrir cuál. Pero las decisiones difíciles no funcionan así: son difíciles porque no hay una opción que sea mejor. En este tipo de disyuntivas, ninguna de las alternativas parece mejor que la otra de forma obvia… La solución es ejercer el poder que tienes como ser humano para comprometerte con algo”.
Dicho de otra manera: la vida te plantea diversos escenarios en momentos clave de la existencia. Si tienes clara cuál es tu misión en la vida, no debería resultarte problemático saber cuál de estos elegir, ya que la alternativa que más cercanamente apunte hacia dónde quieres llegar, deberá ser aquella con la que te comprometas.
Para ello, Chang pone como ejemplo la magna tarea de seleccionar a la persona amada. En vez de preguntarte cuál sería la ideal para ti, mejor enfócate en quien más amas: “Si te comprometes con una relación -apunta la catedrática-, la persona a la que amas será realmente la mejor para ti [puesto que] has puesto toda tu voluntad en ese camino”.
(CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA).
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