Las lágrimas del general…

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Se levantó de la silla, solicitó permiso a la presidenta y se dirigió al atril en donde pronunció mil 538 palabras para explicar cómo Rubén ‘N’, alias “El Mencho”, jefe del Cártel Jalisco Nueva Generación, inició su carrera como narcotraficante, en la década de los ’90; luego narró a detalle el operativo en el que este fue abatido. 

Pero cuando se disponía a dar sus condolencias por la muerte de los 25 guardias nacionales (según las cifras oficiales), apenas pudo emitir vocablos: “Aprovecho, primero, para dar el pésame a las familias de nuestros compañeros que perdieron la vida. También vamos…”, dijo y enseguida su voz se quebró.

En una de las mañaneras que ha despertado más interés en el país, al general secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla, le ganó el llanto ante al micrófono. Por instantes, bajó la cabeza; sus brazos estirados sostenían el atril. Tomó aire, levantó la mirada y, entre sollozos, señaló: “Y un reconocimiento a nuestro personal militar, que realizó una operación exitosa. Se puede ver desde muchas ópticas, pero es definitivo que cumplieron su misión. ¿Y qué es lo que se demostró? ¡La fortaleza del Estado mexicano, de eso no hay duda! Gracias”. 

Tomó sus papeles con gesto adusto y se dirigió de nuevo a su lugar; Omar García Harfuch, intentó acercársele en actitud discreta, pero solidaria… él lo evadió. El video se viralizó  y generó todo tipo de reacciones en redes sociales. ¿Fue una muestra de debilidad?

Según la Ley de Disciplina del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos, “el militar debe proceder de un modo legal, justo y enérgico en el cumplimiento de sus obligaciones, a fin de obtener la estimación y obediencia de sus subalternos. Es deber del superior educar y dirigir a los individuos que la Nación pone bajo su mando”.

Además consigna: “El superior será responsable del orden en las tropas que tuviere a su mando, así como del cumplimiento de las obligaciones del servicio, sin que pueda disculparse en ningún caso con la omisión y descuido de sus subalternos. (…) Todo militar que mande tropas, inspirará en ellas la satisfacción de cumplir con las leyes, reglamentos y órdenes emanadas de la superioridad; no propalará ni permitirá que se propalen murmuraciones, quejas o descontentos que impidan el cumplimiento de las obligaciones o que depriman el ánimo de sus subalternos”.

Establece asimismo: “El servicio de las armas exige que el militar lleve el cumplimiento del deber hasta el sacrificio y que anteponga al interés personal, el respeto a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, la soberanía de la Nación, la lealtad a las instituciones y el honor del Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional”.

La semana pasada, en medio del combate contra el narcotráfico que tiene sumido al país en el dolor y el derramamiento de sangre -y ante el pueblo de México- el general lloró. 

Y esas lágrimas del general, a mí, me recordaron mi infancia, cuando las vacaciones largas íbamos, mis hermanos y yo, a la casa de mis abuelos maternos en Chihuahua. Mi abuelo Carlos Jiménez Barrañón era militar, alcanzó el rango de General de Brigada. Fue instructor de caballería en la gloriosa época en la que la equitación militar tenía un enorme prestigio internacional; fue llamado para preparar, en salto de obstáculos, a oficiales del equipo que participó en las olimpiadas del 68.

Me acuerdo de él, casi siempre, con su pantalón de montar y camisa color caqui, corbata negra, su gorra militar con brillantes insignias, sus botas negras y su pistola 45 en la funda de cuero sujeta a su cinturón; en ocasiones, vestía su imponente uniforme de gala. 

Solía llevarnos a la zona militar para que aprendiéramos a montar. Irradiaba respeto, fuerza y disciplina; cuando los oficiales se le cuadraban en posición “firmes”, él respondía el saludo, también en posición erguida y levantando su mano derecha con los dedos juntos hacia el borde de la sien… lo que despertaba en mí una admiración indescriptible hacia ese hombre. Ser, además, “nietos del general” nos otorgaba a nosotros, unos mocosos inmaduros -debo confesar- un sentimiento de superioridad inenarrable, que ahora que lo pienso, me avergüenza.

Pero, en su casa, el imponente general se convertía en un abuelo amoroso y sencillo. Enamorado hasta el último día de su vida de mi abuela, María Elena Fabila Carrillo,  una mujer de “armas tomar” a quien enseñó a disparar -y que, él mismo presumía, tenía una extraordinaria puntería-, se la pasaba escribiéndole poemas; la correteaba por la casa mientras le declamaba y ella siempre respondía: “¡Ya Carlos, déjame en paz!” porque le “chiveaba” que él nos dijera que no había piernas más hermosas y torneadas que las de ella. 

Las lágrimas del general me recordaron que atrás de un uniforme como el de mi abuelo, hay un ser humano de carne y hueso, que hoy llora la muerte de los soldados que envió a la guerra, una guerra que el ejército había dejado de pelear.

… “Las lágrimas son la sangre del alma”, decía San Agustín.

¿Y el derecho a una buena administración pública?

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