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- En Querétaro, ciudad que no albergará partidos del Mundial, la expectativa convive con una sensación de distancia marcada por los altos costos, la falta de apropiación social y la ausencia de una estrategia pública clara para integrar a la ciudadanía
- Querétaro, sede mundialista en 1986
- Valor social del Mundial
- Universidad de las Mujeres alberga simposio sobre enfermería hospitalaria
En Querétaro, ciudad que no albergará partidos del Mundial, la expectativa convive con una sensación de distancia marcada por los altos costos, la falta de apropiación social y la ausencia de una estrategia pública clara para integrar a la ciudadanía
A menos de 30 días de que ruede el balón en la Copa Mundial de Futbol 2026, México vive una paradoja: será sede del torneo por tercera ocasión en su historia, pero buena parte de la población observa el evento desde lejos. En Querétaro, ciudad que no albergará partidos, la expectativa convive con una sensación de distancia marcada por los altos costos, la falta de apropiación social y la ausencia de una estrategia pública clara para integrar a la ciudadanía.
Esa es la lectura que hace Gabriel Corral Velázquez, doctor en Estudios Científico-Sociales, quien considera que el Mundial sí dejará huella en la memoria colectiva, aunque de una manera distinta a la que ocurrió hace cuatro décadas con México 86.
“El evento va a generar cohesión y recuerdos compartidos, porque no sucede cada año. La gente va a recordar dónde vio los partidos, con quién estuvo o qué ocurrió alrededor. Eso termina construyendo un relato colectivo”, explicó en entrevista para “Códigoqro”.
Querétaro, sede mundialista en 1986
El especialista recordó que Querétaro sí fue sede mundialista en 1986 y que, todavía hoy, persisten elementos físicos y simbólicos de aquella experiencia. La construcción del Estadio La Corregidora, la fuente de los balones sobre avenida Luis Pasteur o el apoyo que la Federación Alemana brindó a la casa hogar Oasis del Niño forman parte de esa memoria urbana.
Sin embargo, considera que el Mundial actual ocurre en un contexto completamente distinto. Mientras en 1986 el acceso a los partidos y a los productos oficiales era relativamente alcanzable, ahora el torneo aparece cada vez más ligado a una lógica empresarial y de consumo.
“Me sorprende que, siendo el futbol un deporte popular, que puedes jugar con una pelota y dos piedras, termine generando tanta desigualdad. Hoy una familia tendría que pagar decenas de miles de pesos para asistir a un partido. Para la mayoría es imposible”, señaló.
La principal novedad social que identifica el académico no está dentro de las canchas, sino fuera de ellas: la creciente separación entre el espectáculo global y las posibilidades reales de la población para participar en él.
A su consideración, el Mundial 2026 se perfila más como un evento televisivo y comercial que como una experiencia accesible para la mayoría de aficionados mexicanos. “Va a ser un espectáculo para patrocinadores y para el mercado, pero no para el grueso de quienes disfrutan el futbol”, sostuvo.
Esa distancia también se refleja en el ambiente cotidiano. A diferencia de otros mundiales, especialmente el de 1986, Corral Velázquez percibe poca presencia del torneo en las calles, en el comercio o en los espacios públicos.
“Estamos a un mes y todavía no vemos mucho ambiente. Apenas encontré una taza del Mundial en una tienda. En otros años ya había publicidad, coleccionables, promociones o productos por todos lados desde meses antes”, comentó.
El investigador relaciona esta desconexión con diversos factores: la desigualdad económica, el desencanto por no poder acceder al evento, pero también con problemas estructurales que ocupan la atención diaria de la ciudadanía.
En Querétaro, temas como el tráfico, la crisis hídrica, la movilidad o la infraestructura urbana terminan por desplazar el entusiasmo colectivo que normalmente acompaña a un Mundial.
“Estamos más enfocados en resolver el día a día. Puede haber cierta sensación de que el evento no nos pertenece o de que ocurre lejos, aunque esté a unas horas de distancia”, dijo.
Frente a esa exclusión económica, el académico considera que las personas buscarán otras formas de apropiarse simbólicamente del torneo. Las plazas públicas, los jardines o los espacios comunitarios podrían convertirse en puntos de reunión para construir una experiencia colectiva alternativa.
Valor social del Mundial
Desde su perspectiva, el valor social del Mundial no necesariamente depende de estar dentro de un estadio, sino de la capacidad de las personas para generar vínculos y recuerdos alrededor del evento. También cuestionó el papel que han desempeñado las autoridades locales y federales rumbo al Mundial. Aunque en algún momento se habló de que selecciones nacionales podrían entrenar en Querétaro, esa posibilidad prácticamente quedó descartada.
“Si ya sabías desde hace años que el Mundial venía, tendrías que haber construido proyectos, inversiones o dinámicas para vincular a la ciudad con el evento. En 1986 hubo obra pública, promoción y actividades. Hoy se percibe mucho más centralizado”, señaló.
A su juicio, la FIFA mantiene un control mucho más rígido sobre la organización del torneo que en décadas anteriores, dejando poco margen de maniobra para las ciudades y gobiernos.
“El evento está pensado para un sector económico específico. La empresa controla prácticamente todo y los gobiernos terminan ayudando con logística, seguridad y operación”, explicó.
Pese a las críticas, el académico descartó que el Mundial represente por sí mismo un riesgo social o político para el país. Sin embargo, reconoció que el principal foco de preocupación se encuentra en la seguridad.
“La violencia y la inseguridad sí son un riesgo real. No por el Mundial, sino porque es una problemática que el país arrastra desde hace años. Ese es el tema que más debe preocupar a las autoridades”, sostuvo.
“El problema seguirá ahí después del Mundial, pero durante ese mes el reto será evitar que situaciones de inseguridad afecten la imagen del país y la experiencia de visitantes”, añadió.
Aun con las limitaciones económicas y la distancia que percibe entre la FIFA y la población, Corral Velázquez considera que el torneo seguirá siendo un momento significativo para millones de personas.
Después de todo, tuvieron que pasar 40 años para que México volviera a recibir una Copa del Mundo. Y, debido al costo creciente de estos eventos, no existe certeza de que vuelva a ocurrir pronto.
“Creo que hay que disfrutarlo en la medida de nuestras posibilidades. Quizá no podamos estar en el estadio, pero sí construir nuestros propios recuerdos alrededor del Mundial. Eso también termina formando parte de la historia colectiva”, concluyó.