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- Aunque muchas personas asocian el acto de comer con una necesidad física, especialistas en nutrición advierten que no siempre ocurre así. El hambre emocional, impulsada por estados como la ansiedad, el estrés, el aburrimiento o la tristeza, puede llevar a consumir alimentos sin que exista una verdadera necesidad energética del organismo
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Aunque muchas personas asocian el acto de comer con una necesidad física, especialistas en nutrición advierten que no siempre ocurre así. El hambre emocional, impulsada por estados como la ansiedad, el estrés, el aburrimiento o la tristeza, puede llevar a consumir alimentos sin que exista una verdadera necesidad energética del organismo
La médica Marianela Aguirre Ackermann, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Nutrición (SAN), explicó que el hambre fisiológica surge para cubrir las demandas energéticas del cuerpo, mientras que el hambre emocional aparece como respuesta a determinadas emociones. “Más que preguntarse solamente si se tiene hambre, puede ser útil cuestionarse qué se necesita realmente en ese momento: energía, descanso, calma o contención”, señaló.
Entre las principales diferencias, la especialista destacó que el hambre física suele aparecer de manera gradual y puede satisfacerse con distintos tipos de alimentos. En contraste, el hambre emocional surge de forma repentina y generalmente se acompaña de antojos específicos, especialmente por productos dulces, salados o altamente procesados.
Por su parte, la endocrinóloga Ana Cappelletti afirmó que comprender esta diferencia ayuda a abandonar la idea de que todo se reduce a una cuestión de fuerza de voluntad. “No siempre las razones por las que comemos están relacionadas con necesidades reales del organismo”, explicó.
Las especialistas coinciden en que el estrés y la ansiedad influyen directamente en los mecanismos cerebrales vinculados al placer y la recompensa. Por ello, en momentos de tensión es frecuente que aumente el deseo de consumir alimentos ricos en azúcar y grasa, ya que generan una sensación inmediata de bienestar.
Sin embargo, el alivio suele ser pasajero. Según Aguirre Ackermann, después de comer por motivos emocionales pueden aparecer sentimientos de culpa, frustración o la sensación de que el problema original continúa presente.
Para evitar que la comida se convierta en una respuesta automática ante las emociones, las expertas recomiendan hacer una pausa antes de comer, identificar qué se está sintiendo y recurrir a alternativas como caminar, escuchar música, hablar con alguien o realizar actividad física. También subrayan la importancia de buscar apoyo profesional cuando estos patrones se vuelven frecuentes o afectan el bienestar de la persona.
En lugar de recurrir a la culpa, concluyen, el primer paso consiste en reconocer la relación que cada persona mantiene con la comida y aprender a distinguir cuándo el cuerpo necesita alimento y cuándo lo que busca es gestionar una emoción.