La escalofriante era de los muros (parte 2)

Como apuntaba aquí en la entrega anterior, construir muros entre las naciones parece estarse poniendo de moda. Cierto, la práctica no es para nada nueva, empezando por la Muralla china, cuya primera versión fue erigida por el emperador Quin Shi Huang varios siglos antes de Cristo, como protección en contra de los nómadas. Y qué decir de las ciudades amuralladas de la Europa medieval. Es el caso de Nördlingen, cuya muralla, incluidas sus 11 torres intactas, aún circunda esa localidad bávara. En el presente siglo tenemos, desde luego, el infame muro de Trump (que, por cierto, a los primos no les ha servido para nada). Y, desde la semana pasada, la muralla que empezó a levantar la República Dominicana para “controlar” el flujo de haitianos que emigran a la parte oriental de la isla La Española, en busca de nuevas oportunidades. En un ensayo publicado en el diario británico “The Guardian”, el antropólogo Anand Pandian aborda el tema de los muros desde un ángulo particularmente singular: la razón por la que el muro de Trump les pareció una buena idea a millones de estadounidenses va más allá del tema migratorio, ya que han creado todo tipo de barreras entre ellos mismos como una manera de solventar sus miedos. El leitmotiv que une estos miedos es: “Para calmar mi ansiedad, he de buscar la manera de mantener a raya a los otros”. ¿Y quiénes son los otros? De entrada, los mexicanos, porque el miedo no es que le quitemos los empleos a su gente, pues ni ellos mismos los quieren. No: nos temen porque somos diferentes. Y lo diferente, como tal, asusta. Punto. Entonces, el propósito real de una muralla no es darle seguridad a la gente que la construye, sino evitar que la gente “de aquí” SE MEZCLE con la “de allá”. Es, para acabar pronto, el miedo de los racistas anglosajones, de ahí su necesidad de segmentar a los grupos étnicos de su país. Su lógica se articula de esta manera: “Mantengamos a los afroamericanos en sus ‘ghettos’; a los americanos nativos, en sus reservas; a los asiático-estadounidenses, en el Chinatown (a menos, por supuesto, que trabajen en el Silicon Valley), y a los mexicanos… de aquel ladito”. Sin embargo, el argumento de Pandian no se queda ahí: las barreras son también para mantener alejados a los ricos de los pobres, en cuyo caso no solo hablamos ya de racismo, sino de clasismo. Y es que las ciudades amuralladas no son solo un resabio del Medioevo europeo, como la mencionada Nördlingen. La realidad es que están en todos lados, incluido, por supuesto, nuestro Mexicalpan de las Tunas. En Querétaro tenemos, por ejemplo, el fraccionamiento El Campanario, solo por mencionar alguna. Claro, no es necesario levantar una muralla como tal; basta con perimetrar la zona, ponerle guardias a la entrada, patrullas de vigilancia y listo. Como podrás ver, lector / lectora, Pandian pone el dedo en la llaga, pues empezamos hablando de China, República Dominicana y Estados Unidos, y hube de terminar hablando de nosotros, que tampoco cantamos mal las rancheras. (CONTINUARÁ LA PRÓXIMA SEMANA). Referencia bibliográfica: Pandian, A. (16/01/2022). “Look around you; the way we live explains why we are increasingly polarized”. The Guardian (Gran Bretaña).