Queretanos ñähñu y otras víctimas de la intolerancia
4 min de lectura
604 palabras
(parte 1)
Intolerancia y racismo son dos ramas de un mismo árbol: el miedo. Ambas parten de la torcida premisa de que es justificable temer a aquellos que no comparten nuestras costumbres, creencias y valores. Estos “otros”, a quienes se les despoja de su identidad propia, son percibidos como diferentes en más de un sentido, por lo que se les sitúa en el polo opuesto del espectro social, cultural, político, étnico o religioso.
Si bien es cierto que en ocasiones es menester salir en defensa de lo nuestro (“Mas si osare un extraño enemigo profanar con sus plantas tu suelo…”, se nos alertaba ya en el México decimonónico), en ningún caso es de disculpar la discriminación, la agresión y el odio hacia quienes divergen de nuestra óptica de la realidad.
Una instancia de cómo la intolerancia extiende sus tentáculos al acontecer actual es el reciente atentado en contra del escritor Salman Rushdie por parte de un fanático religioso, tres décadas después de que un jerarca iraní -cuyo nombre no vale la pena recordar- lo condenara a muerte por su novela “Los versos satánicos”, a la que arbitrariamente etiquetó de “blasfema”.
Otro ejemplo, dolorosamente cercano a la realidad cotidiana de los queretanos, es la violenta agresión sufrida hace unas semanas por el niño Juan Pablo ‘N’ a manos de sus compañeros de clase, en la comunidad El Salitre, aledaña a esta capital. ¿El motivo? Ser un queretano ñähñu y hablar diferente. Como es ampliamente sabido, el menor no solo sufrió de acoso, sino que sus victimarios decidieron prenderle fuego, causándole quemaduras de segundo y tercer grado. Para vergüenza nuestra, la noticia le dio la vuelta al mundo por su inusitada crueldad y violencia.