Habermas: la importancia del diálogo en un mundo convulso

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Jürgen Habermas, uno de los grandes filósofos contemporáneos, falleció el sábado pasado a los 96 años. Los comunicólogos le tuvimos un particular afecto, pues en “Teoría de la acción comunicativa” (1981), su obra cimera, designó al acto comunicativo, amparado en la razón, como la llave suprema de la comprensión y el entendimiento: “Entenderse es un acuerdo alcanzado comunicativamente y que parte de una base racional; no puede venir impuesto por ninguna de las partes” (op. cit., 381).

Si bien en otros tiempos dicha afirmación hubiese parecido obvia, lo cierto es que en el convulso siglo 21 nos hemos apartado del sendero de la ecuanimidad y tendríamos que reconocer que, tanto en las redes sociales como en el escenario geopolítico actual, la intolerancia nubla la comprensión y la confrontación, el entendimiento.

Fiel a sus ideales, en su obra “Algo tenía que mejorar” (2024), Habermas advierte del peligro de las crisis internacionales, campo de cultivo de los conflictos bélicos. “La conciencia de las élites políticas de Occidente -observa-  se ve cada vez más absorbida por la lógica de la guerra”.  Y razón no le falta. Como es bien sabido, Putin se vale de una narrativa enfermiza para intentar justificar lo injustificable: la masacre de 67 mil ucranianos como resultado de su devaneo expansionista. En lo que a Trump y Netanyahu concierne, estos no se quedan atrás, pues se han refugiado en endebles excusas para hacer del Medio Oriente un polvorín a punto de estallar. 

Juan José Solozabal señala en “El País” que Habermas rompió el molde del intelectual circunscrito a la reflexión académica al atreverse a participar activamente en la discusión de los problemas de nuestro tiempo. Una y otra vez defendió la idea de una democracia deliberativa, impulsada por ciudadanos motivados a participar en el debate de los temas comunes. Tristemente, en la última década hemos transitado en la dirección contraria. Un informe reciente de un reputado instituto europeo dio a conocer que cerca de una cuarta parte del mundo vivió un retroceso democrático en 2025. Adicionalmente, a los Estados Unidos le ha retirado el estatus de democracia liberal por su giro autocrático.

A Habermas le apasionaba intercambiar ideas con sus estudiantes dentro y fuera del aula. “The Times” lo refiere así en su obituario: “Al terminar su clase de los lunes, se dirigían todos a una taberna, en la que, rodeados de comida y cerveza, las discusiones y convivialidad se extendían hasta altas horas de la noche. Le animaban su curiosidad sin fin y una particular predilección por el debate, al igual que su afán de entender a las nuevas generaciones. Les contaba anécdotas personales y respondía con paciencia sus preguntas filosóficas” (mi traducción).

Puedo imaginarme la felicidad de momentos como los anteriores, pues tuve la oportunidad de vivirlos como estudiante con mis profesores de doctorado. Los viernes por la noche, solíamos reunirnos en un barecito de Athens, Ohio, acompañados de la doctora Jenny Nelson, coordinadora de posgrado. Y qué decir de la calidad humana de Algis Mickunas. En su holgada oficina, nos invitaba a prepararnos un café, para luego obsequiarnos una copita de vodka Stolichnaya, elaborado en su natal Letonia, al tiempo que nos ilustraba con su amplia sabiduría.

El hueco dejado por Habermas será ciertamente difícil de llenar, sobre todo porque ha partido en el momento en que más lo necesitábamos.

Fuentes bibliográficas: Sánchez-Vallejo, M.A. (2026). EE UU pierde el estatus de democracia liberal. “El País”, edición del 18 de marzo. /  Solozabal, J. J. (2026). Habermas como filósofo de la democracia constitucional. “El País”, edición del 16 de marzo.

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