A mí no me gusta el futbol

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“Lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”, Albert Camus

A mí no me gusta el futbol, coincido con Umberto Eco en que “es el auténtico opio del pueblo” y con el escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien, aunque amaba profundamente el futbol, consideraba que “este hermoso espectáculo, esta fiesta de los ojos, es también un cochino negocio”.

Sin embargo, en el recuento de los años, cuando los recuerdos se transforman en la riqueza más apreciada, veo que este deporte ha estado en mi vida en momentos que verdaderamente atesoro. 

Mi acercamiento al futbol fue cuando María Fernanda, mi hija mayor, cursaba el primer año de primaria.

Un día, al regresar de la escuela, ella nos contó a su papá y a mí que quiso jugar futbol a la hora del recreo, pero que sus compañeritos (puros niños) no habían querido juntarla. Lo intentó en un sinnúmero de ocasiones, sin éxito.

En segundo año, le pidió a su papá que le comprara un balón para poder ser ella la “juntadora”. Para sorpresa nuestra, finalmente, consiguió jugar.

Lo sorprendente fue que, tiempo después, sus propios compañeros -quienes por las tardes asistían a una escuela de futbol- la invitaron a que acudiera.

Con cierto escepticismo, decidimos llevarla. Hablé con el entrenador y me respondió que le permitiera verla jugar. Al término del entrenamiento me dijo: “Déjela, no le tiene miedo al balón”. 

Su papá fue entonces al mercado Escobedo a comprarle unos “tacos” Romero, que contrastaban con los Adidas y los Nike de moda que usaba el resto del equipo.

Fue así como la vida familiar comenzó a transcurrir entre entrenamientos por las tardes y partidos los fines de semana. 

No todo fue miel sobre hojuelas, porque ser la única niña en un equipo de hombres, hace más de 25 años, le trajo algunos problemas; por ejemplo, en la época de “guácala las niñas”, ella era la única a la que sus compañeros invitaban a sus reuniones, lo que provocó que sus compañeras de clase no la vieran con buenos ojos… incluso una maestra nos sugirió sacarla del equipo, a lo que, por supuesto, no accedimos.

En algunos partidos, a los papás de los niños de equipos contrarios, por prejuicios de género y estereotipos machistas, no les gustaba ver a sus hijos enfrentarse a “niñas”, así que lanzaban comentarios ofensivos; la primera vez que le sacaron una tarjeta amarilla, ella se puso a llorar; cuando en una jugada la golpearon y su nariz comenzó a sangrar, se levantó enfurecida a seguir pateando el balón. Siempre se mantuvo firme.

Tiempo después, entró a un equipo muy competitivo de niñas que poco a poco fue ganando terreno y reconocimiento; en él, las chiquillas fueron pasando a la adolescencia, mientras obtenían medallas. Se convirtieron en seleccionadas estatales, viajaban a diferentes estados, convivían y se divertían enormidades. Los familiares siempre las acompañábamos, les echábamos tremendas porras y las consolábamos en las derrotas.

Cuando fueron descalificadas en una competencia regional por una omisión administrativa de autoridades del INDEREQ, se manifestaron afuera de Palacio de Gobierno; para sufragar un viaje a un torneo en el país vasco, vendieron chocolates y se pusieron a botear en avenida Constituyentes mientras hacían dominadas.

María Fernanda jugó futbol desde la primaria hasta la universidad; la carrera de Medicina le complicó seguir entrenando constantemente, sin embargo, intentaba seguir haciéndolo porque, para ella, como reza la frase del técnico argentino Jorge Valdano, el futbol: “es la cosa más importante de las cosas menos importantes del mundo”… pero yo creo que ha sido mucho más, lo supe cuando en su carta para ser admitida en la residencia en cirugía en la Universidad de San Francisco, California, además de referir investigaciones y publicaciones en revistas médicas nacionales e internacionales, narró su experiencia en el futbol a lo largo de su vida.

Sé que al futbol le debe, en parte, lo que es hoy; este deporte la hizo competitiva, le enseñó a jugar limpio, a trabajar en equipo, a superar retos y a comportarse con base en principios… seguramente esto fue lo que la llevó a tatuarse en el tobillo una futbolista.

La semana pasada la vi regresar del hospital, sentarse en el suelo frente a la televisión, con su bata quirúrgica puesta y, en brazos, su pequeña Emilia de ocho meses con su playerita de la Selección, para echarle porras a su país desde el extranjero y enseñarle a su hija lo que significa para ella el futbol.

Y no, no me gusta el futbol; pero sí sé lo que el futbol puede hacer en una persona.

No es el algoritmo, ¡es la narcopolítica!

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