Démosle la bienvenida a una nueva generación de lectores (parte cinco)

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Hace 10 años, cuando el legendario músico, compositor y cantante Bob Dylan recibió la noticia de que se le había otorgado el Premio Nobel de Literatura, él fue el primer sorprendido. “Si alguien me hubiera dicho antes -comentó en ese entonces- que tenía la más mínima posibilidad de ganar el Premio Nobel, habría pensado que mis posibilidades eran tantas como las de poner un pie en la Luna”.

La academia sueca de letras había tenido, por supuesto, sólidas razones para concedérselo, al considerar que sus canciones tenían un enorme valor literario y demostraban a la vez un vasto dominio del lenguaje.

Saber escribir, trátese de novelas, ensayos o canciones, tiene, pues, sus méritos y leer los tiene también. El editor, bibliotecario y escritor mexicano Daniel Goldin plantea en “Los días y los libros” (2023) que leer y escribir tienen una profunda significación en el desarrollo emocional, cognitivo, social y cultural de un individuo. De ahí, la intensa pasión sentida por dicho autor hacia las letras y el saber: “Los libros siempre han estado cerca de mí como una promesa, como una puerta, como un cofre. He vivido rodeado de libros toda la vida. Me es difícil imaginarme sin ellos y desconfío de una casa en la que no los haya” (p. 10).

Los libros son también un arma poderosa, por el rol importantísimo que desempeñan en la libre difusión de las ideas. Azar Nafisi (2022), una escritora iraní, afirma que la lectura favorece un estado mental que nos faculta a poner en entredicho la realidad social.

“Cuando dejamos de leer -argumenta-, abrimos el camino hacia la quema de libros y cuando nos dejan de importar las cosas, permitimos que otros tomen el control” (mi traducción, op. cit., p. 44).

La historia le concede la razón a Nafisi. En 1559, la Santa Inquisición puso en vigor el “Index librorum prohibitorum” (“Índice de Libros Prohibidos”), una lista de publicaciones consideradas heréticas, inmorales o peligrosas, cuya lectura quedaba prohibida. Increíblemente, este manual se mantuvo vigente los cuatro siglos siguientes, hasta su derogación, en 1966. Entre los pensadores y literatos que en su momento fueron objeto de censura se encuentran Galileo, Copérnico, Descartes, Rousseau, Voltaire, Víctor Hugo y Alejando Dumas.

La barbarie detrás de tan torcida lógica fue recogida por los nazis, quienes, tras saquear bibliotecas, la noche del 10 de mayo de 1933 quemaron en una gigantesca hoguera 25 mil libros de autores cuyas ideas les resultaban incómodas, muchos de ellos, judíos. En la década siguiente habrían de acabar, de similar manera, con la vida de 2.5 millones de seres inocentes en sus infames campos de exterminio. He expresado mi beneplácito, en este espacio, por la creciente afición de niños y jóvenes por la lectura, a pesar del asfixiante bombardeo de las tecnologías cibernéticas. Ejemplo de su constancia es la proliferación de libros para adultos jóvenes en años recientes. Nos corresponde a los demás impulsarlos a seguir leyendo y a hacer nosotros lo propio, contribuyendo así a liberar nuestras mentes y a expandir nuestros cerebros.

Con referencia a esto último, Maryanne Wolf, especialista en neurociencia cognitiva, manifiesta que el proceso de lectura estimula los cuatro lóbulos de la corteza cerebral, asociando letras y palabras con sonidos e imágenes específicas, modificando de esta manera la conectividad de los circuitos cerebrales. En consecuencia, leer a profundidad cambia nuestro cerebro y, por ende, el tipo de personas que somos. 

(Continuará la próxima semana) 

Referencias bibliográficas: Nafisi, A. (2022). “Read dangerously: the subversive power of literature in troubled times”. Nueva York: Harper Collins. / “How reading changes the way your brain works”. BBC World Service. https://www.youtube.com/watch?v=X1L1Hd3xfrU. 

Démosle la bienvenida a una nueva generación de lectores (parte cuatro)