Eres la historia que te cuentas sobre ti (segunda parte)

“¿Y tú qué quieres ser de grande?” es una familiar pregunta que seguramente despertará recuerdos de tu infancia. En tu inocencia, quizás respondiste entonces algo que causó hilaridad en los adultos con los que te encontrabas. Ahora que has llegado a la edad madura, no faltará quien, llevado por la curiosidad, te pida ver hacia atrás en tu vida: “Y tú qué querías ser cuando tenías seis o siete años?”.

Alguien responderá: “Yo siempre supe que sería arquitecta” y, en efecto, con orgullo ahora lo es. Sin embargo, otros habrán de admitir que, para ellos, la elección no fue cosa fácil: “En prepa, de verdad sudé la gota gorda, pues en la clase de orientación vocacional me salieron carreras muy distintas y yo no tenía idea de cuál escogería”.

Conversando en una ocasión con una de mis alumnas, estudiante de agronomía, le pregunté por qué había escogido esa carrera. Su respuesta me dejó impactado: “Mi papá es agrónomo y su máximo sueño es que yo lo sea. Sin embargo, es su sueño; no el mío”. Por fortuna, al poco tiempo se matriculó en la carrera que ella realmente quería estudiar. Conozco también el caso de un médico que el día de su graduación se dirigió a su padre, también médico, para decirle: “Aquí está el título que me pediste; has de saber que me voy a dedicar a otra cosa”.

Conversando con una colega sobre situaciones como estas, él me hizo ver que le traían a la mente este poema de Juan Ramón Jiménez: “Yo no soy yo. / Soy este / que va a mi lado sin yo verlo, / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces olvido. / El que calla, sereno, / cuando hablo, / el que perdona, dulce, cuando odio, / el que pasea por donde no estoy, /el que quedará en pie cuando yo muera”.

Elizabeth Mateer, una neuropsicóloga, plantea que cambiar de parecer sobre aquello a lo que nos queremos dedicar en la vida no nos hace menos que otros: “Tendemos a asumir que las personas más exitosas siguieron un sendero único; sin embargo, muchos de aquellos que admiramos construyeron sus vidas incorporando diversas posibilidades” (op.cit., mi traducción).

Como explicaba en la entrega pasada, la psicología narrativa parte del supuesto de que la identidad personal surge de las historias que tú y yo nos contamos sobre quién elegimos ser. En algunos, la historia permanece incólume, en tanto que otros la continúan reescribiendo a lo largo de su existencia. Lo importante es ser claros sobre nuestra historia vigente.

Desde un punto de vista espiritual, don Miguel Ruiz, autor de “Los cuatro acuerdos”, recurre a la metáfora cinematográfica para ilustrar las historias que nos ayudan a inventarnos. Para ello, nos invita a imaginar que estamos en una sala de cine y que, para nuestra sorpresa, se empieza a proyectar una película en la que aparecen personas cercanas a nosotros. “Entonces –continúa narrando– ves al protagonista ¡y eres tú! Eres la estrella de la película y es tu historia. Por supuesto, el protagonista es exactamente como tú eres, porque tú conoces tu historia” (op.cit., p. 52). En otras palabras, como autor del guion que tú eres, tienes el poder de construir la historia a tu arbitrio.

Herminia Barrera, autora del libro “Working identity” (2023), refiere casos de individuos que dieron un giro de 180 grados en su vida. Uno de los más dramáticos es el de Pierre Gerard, un psicoterapeuta que se convirtió en monje budista. Esto sucedió cuando cayó en la cuenta de que su vida interior en poco le satisfacía.

(Continuará la próxima semana)

Referencias bibliográficas: Mateer, E. (2026). Why creative people struggle to commit to one path. “Psychology Today”. Edición del 30 de marzo. / Ruiz, M. & Ruiz, J. (2010). “El quinto acuerdo”. CDMX: Urano.

Eres la historia que te cuentas sobre ti (primera parte)