La amistad es un derecho humano (parte cinco y última)

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Si pudiera colocarle una medalla de agradecimiento a todos y cada uno de mis fieles amigos por los grandes momentos que me han permitido vivir con ellos a lo largo de los años, lo haría sin pensarlo dos veces. Lo confieso porque soy un firme creyente de que los amigos de verdad merecen nuestro reconocimiento: saben ser generosos anfitriones al abrirnos sus puertas; se convierten en nuestro paño de lágrimas si andamos de capa caída y se transforman en jubilosos pachangueros cuando nos da por celebrar. Más importante aún, saben que nosotros haríamos exactamente lo mismo por ellos.

William Rawlins, quien es catedrático de la Universidad de Ohio, donde obtuve mi doctorado, identifica tres cosas que solemos esperar de los buenos amigos: alguien con quien hablar, alguien de quien depender y alguien con quien pasarla bien. Visto así, el amigo es un ser solidario que se ofrece a formar parte de nuestra vida sin pedir nada a cambio. No solo lo hace con gusto, sino que se mantiene firme en las buenas y en las malas.

De acuerdo con Jessica Ayers, investigadora del tema, tendemos a buscar amigos con necesidades sociales similares a las nuestras. Esperamos también que sean leales, cálidos y dignos de confianza. 

Los expertos estiman que entre los 18 y 25 años es cuando más nos rodeamos de amistades, pues nuestras obligaciones no son aún tan demandantes y disponemos de tiempo para hacer cosas juntos. Un acontecimiento que marca el fin de dicho periodo es el matrimonio, pues nuestras prioridades cambian y los amigos pasan a un segundo término por diversas razones. Entre ellas, porque yo tengo mis amigos y mi pareja los suyos.

Al llegar la jubilación, se abre una vez más el espectro. Consolidamos las amistades más sólidas, desfasamos las que ya poco aportan y retomamos algunas de las que estaban en pausa. Cierto, son menos amigos que antes, pero mejor escogidos. En mi caso, como el adulto mayor que soy, me he dado a la tarea de procurar a mis amigos de antaño. Cierto, el mundo no es lo que solía ser y no nos desgastamos por ello. Más cómodo nos resulta rememorar viejas batallas, preguntarnos qué fue de los que no hemos vuelto a ver y decirle adiós a los que estamos ciertos de que ya se fueron.

A diferencia de las relaciones laborales, marcadas por las jerarquías, las relaciones de amistad se dan entre iguales. El literato francés Albert Camus capta a la perfección esta característica: “No camines detrás de mí; no te guiaré. No camines delante de mí, no te seguiré. Solo tienes que caminar a mi lado y seré tu amigo”. Para que este trajinar se dé de una mejor manera, Ayers sugiere plantearse las preguntas siguientes: a) ¿qué valoro más en mis amigos?, b) ¿estoy dispuesto a dedicarles el tiempo necesario?, c) ¿qué creo yo que esperan ellos en mí? Si lo tengo, ¿me siento en condición de dárselos? 

Si obviamos las condiciones anteriores, corremos el riesgo de caer en las fauces de una amistad tóxica. Angela Haupt señala que una relación entre amigos se vuelve tóxica cuando uno actúa de buena fe y el otro saca ventaja de ello. Moraleja: si cada vez que le dedicas tiempo a quien dice ser tu amigo terminas mental y emocionalmente agotado, aléjate: es probable que sin darte cuenta te haya estado utilizando.

Referencia bibliográfica: Haupt, A. (2024). How to know if your friendship is toxic. “Time Magazine”, edición del 4 de septiembre. / Ayers, J. (2023). Friendship research is getting an update – and that’s key for dealing with the loneliness epidemic. “The Conversation”, edición del 1 de noviembre.

La amistad es un derecho humano (parte cuatro)

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