La amistad es un derecho humano (parte cuatro)

Si permites que la soledad se apodere de tu persona, decía Jorge Luis Borges, al espejo le costará devolverte la imagen si te le paras enfrente, pues es como quedarte sin alma. Desde una óptica más optimista, el llorado Príncipe de la Canción nos recuerda que la soledad es pasajera, pues así como se va, así también llega. En todo caso, siempre será posible contar con las amistades auténticas para experimentar a plenitud la calidez de su infaltable compañía.

En “El siglo de la soledad”, Noreena Hertz (2022) argumenta que sentirse solos ya se había hecho presente en nuestras vidas desde antes del Covid-19, cuando se introdujo el concepto de “distanciamiento social”. El sentido de comunidad, refiere la autora, se empezó a desmoronar cuando el individualismo protagónico empezó a dinamitar nuestras relaciones personales, dando paso al aislamiento. Por ello, no será de extrañar que los alemanes admitan en un estudio reciente que tienen más miedo de quedarse solos que al contagio de una posible infección, en tanto que uno de cada ocho británicos reconoce no tener un solo amigo en quien confiar. 

A manera de consuelo, no faltará quien nos recuerde que al menos podemos contar con las redes sociales para sentirnos acompañados. Esto es cierto, pero una cosa es apoyarse en la endeble empatía digital, sostenida con alfileres, y otra muy diferente saberse merecedor de las nobles y fieles amistades. En función de lo anterior, numerosas investigaciones han establecido un claro nexo entre el extenso uso de las redes sociales y la sensación de vacío que estas a final de cuentas provocan. 

Y es que, a decir verdad, el celular no tendría por qué convertirse en el ajonjolí de todos los moles en nuestra rutina diaria. Para empezar, no hay mejor manera de arruinar un desayuno con amigos o amigas que, de entrada, colocar el celular sobre la mesa, a manera de barrera. Llegado el momento de atender el inevitable mensaje virtual en turno, no solo tendremos la osadía de interrumpir a mitad de frase al amigo que ha demostrado serlo en las buenas y en las malas, sino que le estaremos mandando la señal equivocada: “No me lo tomes a mal, pero le concedo más peso al mensaje que acaba de entrar que a tu choro acostumbrado”.

Sherry Turkle aconseja en su libro “En defensa de la conversación” (2020) restituir los espacios de diálogo al lugar que alguna vez ocuparon en las relaciones humanas, sean estas de amistad, de negocios o de carácter romántico. “Para conversar -estipula-, tenemos que escuchar al otro, leer lo que dicen su cuerpo, su voz, su tono y sus silencios” (p.60), cosa que ya rara vez sucede por la constante distracción de las luces y campanitas de los artilugios digitales. 

En otra de sus obras (“Alone together”, 2017), Turkle aborda la paradoja de las nuevas tecnologías: sí, quién lo habrá de negar, estas incrementan la frecuencia y rapidez de los intercambios comunicativos; sin embargo, también es cierto que estos ponen en riesgo momentos previamente reservados a nuestros acompañantes de una y mil batallas. 

En un ensayo en el que aborda el tema de la amistad, Ester Peñas señala a propósito de lo anterior: “Vivimos en un mundo donde los ‘amigos’ son aquellos a quienes les gusta lo que subimos a las redes... amigos transitorios, a los que no llamamos por teléfono el día de su cumpleaños, sino que les escribimos utilizando mensajería instantánea”. Dicho lo anterior, la escritora hispana se pregunta si en un mundo en el que priman la rentabilidad y el beneficio será posible aún construir relaciones altruistas.

(Continuará la siguiente semana). 

Referencia bibliográfica: Peña, E. (2026). “¿Quién querría vivir sin amigos?” https://ethic.es/filosofia-amistad-quien-querria-vivir-sin-amigos

La amistad es un derecho humano (parte tres)