En el marco del Día de la Libertad de Expresión, que se conmemoró este 7 de junio en México, resulta necesario analizar con lupa las declaraciones de la presidenta Claudia Sheinbaum a lo largo de los últimos días. ¿La realidad le resulta tan brutal que prefiere acallarla?
Y es que, tras la petición formal del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, a través de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, de detener provisionalmente con fines de extradición a 10 ciudadanos mexicanos por sus vínculos con el narcotráfico -entre ellos el exgobernador de Morena en Sinaloa, Rubén Rocha Moya (más los que pudieran acumularse, como Alfonso Durazo y Américo Villarreal)- la mandataria ha desviado y radicalizado su discurso, luego de su negativa a entregar al sinaloense, pues de la exigencia a los Estados Unidos de “pruebas”, “pruebas” y más “pruebas”, ahora acusa un complot internacional, valiéndose de la encíclica Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial, publicada por el Papa León XIV el 25 de mayo.
En el festejo de los dos años de su triunfo, el 31 de mayo, la narrativa presidencial fue en torno a una campaña surgida de un complot de magnitud internacional para dañar a la 4T.
“Desde hace algunos meses hemos sido objeto de una ofensiva mediática y de campañas millonarias en redes sociales. No es casualidad. Detrás de ellas están los sectores conservadores nacionales e internacionales que nunca aceptaron que México recuperara su dignidad y decidiera ejercer plenamente su independencia. Pueden operar desde plataformas globales, donde el flujo de información está concentrado en muy pocas manos, con una capacidad de influencia a través de algoritmos sin precedentes en la historia humana. (…) Detrás de cuentas pagadas y robots, se articulan los intereses de los sectores conservadores extranjeros y nacionales que buscan recuperar privilegios perdidos o frenar la Transformación, respaldada por mayorías populares”, aseguró.
Y, ojo, porque luego se lanzó a aseverar: “La soberanía vive en el territorio, pero también -hay que ser claros- vive en la información”.
Enseguida, dijo que la campaña a la que se refería se intensificó después de que se hizo pública la muerte, en un accidente, de los dos agentes estadounidenses sin acreditación oficial, quienes participaban en una “visita” (que ya no “desmantelamiento”) a un (narco) laboratorio.
Y que, pocos días después, ocurrió algo aún más grave: “Una oficina del Departamento de Justicia de los Estados Unidos solicitó, con carácter de urgente, la detención con fines de extradición de 10 ciudadanos mexicanos -entre ellos, un gobernador, un alcalde y un senador en funciones- sin presentar públicamente pruebas que sustentaran esa solicitud. Un hecho de esa magnitud no tiene precedentes en la historia de nuestra relación bilateral”.
Fue entonces cuando se aventó lo de la confabulación: “Surge la pregunta legítima: ¿Es realmente interés legítimo, genuino por ayudar a México? ¿Es realmente un interés legítimo para combatir a la delincuencia organizada? ¿O quizá estamos viendo cómo sectores de la ultraderecha estadounidense utilizan a nuestro país para posicionarse rumbo a sus elecciones de 2026? ¿O acaso pretenden influir en la elección de 2027 en nuestro país? No son preguntas retóricas. (…) Porque es legítimo dudar del verdadero interés en los juicios de extradición para autoridades electas. Porque primero, hay que tenerlo claro: vienen por unos, luego por otros, hasta que oficinas del Departamento de Justicia se vuelven el principal elector en México”.
Al día siguiente, dedicó gran parte de la mañanera a citar la encíclica del Papa: “En este tiempo, la justicia social debe confrontarse también con el ambiente creado por las tecnologías digitales. La difusión de redes globales, plataformas y sistemas de Inteligencia Artificial cambia el modo de informarse, de comunicar y de acceder a los servicios. (…) Un orden social justo en la era digital es aquel que garantiza a todos un acceso igualitario a las oportunidades, protege a los más pequeños y a los más frágiles, se opone al odio y a la desinformación, y somete a control público el uso de los datos y de las tecnologías, de modo que el criterio no sea sólo el beneficio sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos”.
El martes, Sheinbaum habló ya abiertamente sobre la necesidad de discutir en el país el control público sobre el uso de las redes sociales: “Es algo que debe discutirse en México y que, en todo caso, se llegue a un esquema de regulación que permita que haya cierta, primero, transparencia. Y segundo, pues que no estemos completamente en manos de estas corporaciones”.
Ante lo que, a todas luces queda claro y ella misma ha reconocido: “Vienen por unos, luego por otros”, la presidenta parece estar fuera de sí; y no, no es la soberanía, no es la información, tampoco es el algoritmo… ¡es la narcopolítica!