En este artículo
- Algunas personas no pueden soportar sonidos tan habituales como los que produce masticar, respirar, caminar o teclear, experimentando reacciones emocionales intensas, explica una psicóloga que ha desarrollado y aplica un tratamiento para esta condición, basado en reentrenar el sistema nervioso y destinado a reducir la reacción automática ante los ruidos detonantes
- Sensibilidad auditiva selectiva
- Sonidos del cuerpo humano y ruidos estructurales
- Activación nerviosa y reactividad emocional
- Tolerancia y respuesta ante el estímulo
- Terapia de resignificación
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Algunas personas no pueden soportar sonidos tan habituales como los que produce masticar, respirar, caminar o teclear, experimentando reacciones emocionales intensas, explica una psicóloga que ha desarrollado y aplica un tratamiento para esta condición, basado en reentrenar el sistema nervioso y destinado a reducir la reacción automática ante los ruidos detonantes
¿Ha llegado a sentir ira al escuchar cómo respira la persona sentada a su lado? ¿Ha discutido con su pareja debido a la irritación que le provoca escucharla masticar? ¿Se siente tenso por el sonido de los pasos de su vecino, un golpe repetido o un ruido constante que nadie más que usted parece percibir?
Quien ha experimentado este tipo de situaciones, o en algún momento ha sentido la urgencia de escapar ante el intenso malestar o la parálisis que le provoca un sonido concreto que a los demás les resulta inofensivo, es probable que sufra misofonía, según explica Celia Incio, psicóloga especializada en el tratamiento de esta afección.
La misofonía es “una alteración neurológica caracterizada por una intensa y automática respuesta ante la escucha de ciertos sonidos, independientemente de la sutileza o suavidad que tengan”, explica Incio, en una entrevista con EFE, a raíz de la publicación de su libro ‘Maldito ruido’, donde esta psicóloga describe el origen e impacto de esta afección y cómo tratarla.
Sensibilidad auditiva selectiva
Incio explica: “esta sensibilidad auditiva selectiva, que a menudo ha sido confundida con manías, TOC, trastornos de ansiedad o incluso histerismo, es una respuesta neurofisiológica que desencadena reacciones intensas —ira, ansiedad o rechazo— ante sonidos cotidianos como masticar, respirar o teclear”.
Esta “condición con base científica que perjudica al procesamiento auditivo y emocional”, no solo afecta a la percepción del sonido, sino a todas las áreas de la vida (relaciones personales, trabajo, descanso y autoestima), pudiendo condicionar decisiones diarias, generar aislamiento y provocar un profundo desgaste emocional, señala esta especialista.
Frente a la idea de “aguantar” o “silenciar el mundo” (intentando evitar o eliminar los sonidos desencadenantes), Inicio ha creado y aplica un tratamiento psicológico enfocado en que la persona comprenda el mecanismo interno de este desorden, se regule fisiológica y emocionalmente, reeduque su atención y pensamiento; y se exponga progresivamente al sonido con herramientas adecuadas.
Sonidos del cuerpo humano y ruidos estructurales
Incio señala que la misofonía “más clásica” o “pura” (la asociada a sonidos del cuerpo humano como masticar, tragar, sorber o respirar) suele aparecer entre los 7 y los 13 años.
Otras formas de misofonía, como la relacionada con ruidos de vecinos o sonidos estructurales (golpes, arrastres, vibraciones) pueden aparecer a cualquier edad, según asegura, añadiendo que “en la mayoría de los casos, el inicio es progresivo y suele darse en contextos familiares”.
Este desorden suele comenzar con una irritación o fijación puntual ante un sonido concreto que, con el tiempo, se intensifica tanto en frecuencia como en intensidad emocional, de acuerdo con esta experta.
“Es muy habitual que todo empiece con un sonido específico emitido por alguien cercano (del entorno familiar, escolar o domiciliario) y que, posteriormente, esa respuesta se vaya generalizando a otros estímulos similares”, apunta.
“Cuando la misofonía aparece en la infancia o la adolescencia, los desencadenantes iniciales más habituales suelen ser sonidos corporales emitidos por personas cercanas, como la forma de respirar, masticar o tragar de un padre, una madre, un hermano o incluso de los abuelos”, especifica.
Activación nerviosa y reactividad emocional
Aclara que “un proceso común en todos los inicios es una fijación atencional sobre ese estímulo, que empieza a interpretarse como desagradable o como algo que se sale de lo que, según el criterio propio, debería ser adecuado o correcto”.
“A partir de ahí, se activa el sistema nervioso, y la activación condiciona el sonido como una posible fuente de aversión. Con el tiempo, no solo se reacciona al sonido cuando se presenta, sino que la persona se anticipa a que ese malestar pueda repetirse de forma constante o incontrolable”, prosigue.
Añade que “en muchas personas la anticipación aparece prácticamente desde que se levantan, generando un estado sostenido de hipervigilancia que hace que haya una tensión ‘de fondo durante gran parte del día´”.
Tolerancia y respuesta ante el estímulo
Explica que, si la persona lleva un día especialmente complicado en el trabajo, el hecho de llegar a su casa y encontrarse con algo como ropa tirada en el salón, puede generarle una respuesta al sonido mucho más intensa de lo habitual.
“Su respuesta no depende tanto el estímulo sónico en sí, sino del nivel de activación interna con el que se lo recibiendo”, recalca.
Incio añade que “un mismo ruido suele resultar más difícil de tolerar cuando lo emite una persona cercana, como la pareja o un familiar, ya que la exposición repetida y el propio vínculo hacen que ese estímulo adquiera una mayor carga emocional”.
Por otra parte, “la respuesta de la persona al sonido puede atenuarse cuando percibe comprensión, cuidado o intención de colaborar por parte de los demás, y, en cambio, aumentar cuando percibe invalidación, falta de sensibilidad o incluso cierta premeditación”, señala.
Terapia de resignificación
Incio explica a continuación en uno de los pilares del tratamiento: el trabajo de resignificación del sonido.
Señala que “muchas personas describen su reacción como algo que pasa ‘de 0 a 100’ de forma casi automática, y se refieren al sonido como algo insoportable, inmanejable y que la persona necesita ‘hacer desaparecer’ para poder recuperar la calma”.
Pero “esta premisa hace que, ante su aparición, el cerebro active de forma inmediata respuestas de lucha (intentar eliminar el estímulo) o de huida (necesidad de escapar de la situación)”, según esta psicóloga.
La resignificación del sonido consiste en modificar progresivamente esa interpretación automática, para que la persona lo asuma como “un estímulo desagradable que puede interferir en su atención o estado emocional, pero que no determina su experiencia ni comportamiento”.
Por ejemplo, “la traducción automática más habitual que hace una persona con misofonía del sonido de alguien masticando, incluye ideas como ‘no puedo con esto’, ‘tiene que parar’, ‘no voy a aguantarlo’, las cuales disparan su activación nerviosa”.
En el ejercicio de resignificación, entrenamos al paciente para que introduzca una lectura alternativa más ajustada, del tipo: “esto me molesta, mi cuerpo se está activando, pero ahora sé cómo puedo sostenerlo durante unos segundos sin que tenga que desaparecer inmediatamente”, “es incómodo pero no peligroso”, “me interrumpe pero no me impide”, ejemplifica Incio.
Esto implica entrenar en la persona la capacidad de observar el sonido, así como su propia activación, emociones (ira, ansiedad, frustración, injusticia o indefensión) y pensamientos asociados, sin reaccionar de forma automática, incorporando recursos que permitan modular esa respuesta, puntualiza.