En este artículo
Si como sostiene la presidenta Claudia Sheinbaum, el verdadero México está en las calles y en las carreteras donde la gente la saluda, si en “México hay paz” como asegura, ¿por qué está tan enojada?
¿Por qué, si como declaró el lunes pasado, en las manifestaciones de la “Generación Z” no participaron muchos jóvenes, sino los que marcharon con la Marea Rosa, los intelectuales, los comentócratas o los políticos que ya conoce, luce tan encolerizada y fuera de sí?
¿Por qué si el Zócalo se llenó más con el Festival del Danzón que con los asistentes a la marcha, está tan indignada?, ¿por qué si “la mayoría de los jóvenes están con la Transformación”, se muestra tan irritable?
¿Por qué si, como explicó la semana pasada, “Una realidad es la de las redes”, y si “se está todo el día metido en las redes, ¡híjole!, puede trastornarse uno”, dedica tanto tiempo y recursos públicos a analizar las publicaciones?
¿Por qué si, como sostiene, “quieran construir en las redes sociales una realidad virtual y la gente en la realidad vive otra cosa y está con la Transformación”, permite que post que provienen de una “legión de idiotas”, parafraseando a Umberto Eco, le roben la tranquilidad?
¿Por qué si el pueblo llora de felicidad -y, por ejemplo, en Palizada, Campeche “¡n’hombre!, las mujeres felices, felices, algo así pero hermosísimo”, asesinaron ahí a Karina Díaz, la síndica regidora de Morena-?
¿Por qué si, como afirma, “cuando a uno lo critican más, es cuando más fuerte se pone”, si gobierna “con el pueblo, por el pueblo y para el pueblo de México” y si “una campañita en redes no la va a romper, ni la va a hacer sentir mal, se muestra tan desencajada?
¿Por qué si los gritos y leperadas no la van a debilitar -“¡Más fuerte soy, más fuerte!”, Adán Augusto López y Ricardo Monreal salen a defenderla?
¿Por qué si la manifestación fue lo que usted asegura, la Relatora Especial sobre el derecho a la libertad de reunión pacífica y de asociación de la ONU, Gina Romero, urgió a su gobierno a “detener la estigmatización de la protesta pacífica, a respetar el principio de diferenciación de participantes con coportamientos violentos, a investigar posibles infiltraciones (inclusive de posibles agentes provocadores) para causar caos y justificar la dispersión, a garantizar la atención necesaria a personas heridas, incluyendo oficiales de policía y a garantizar independencia judicial para esclarecer los hechos”?
¿Por qué si todo va tan bien, como usted repite una y otra vez, el presidente Trump sostiene que hay graves problemas en México y que no está contento?
¿Por qué si, como afirmó en el marco del desfile por el 115 Aniversario de la Revolución Mexicana: “México avanza hoy, más que nunca”, los obispos de México sostienen que “Vivimos tiempos difíciles, nos dicen que la violencia ha disminuido, pero familias que lloran a sus seres queridos viven otra realidad. Nos dicen que hay justicia, pero la impunidad sigue marcando nuestra vida diaria. Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias no pueden llenar su canasta básica. Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes piensan distintos son señalados y descalificados”?
La presidenta, en su ofiscamiento, equivoca su actitud al empeñarse en desacreditar a los manifestantes y sus demandas, llamándolos “violentos”, cuando sabe perfectamente el origen de esta, aunque públicamente se pregunte quién financia al “bloque negro”… ¿O acaso su mentor se equivocaba cuando declaraba: “Nada de que el presidente no sabe, no se enteró, de que el presidente no tiene buenos colaboradores, de que lo engañan. Mentira, el presidente de México se entera de todo”?
La presidenta debe asimilar que el verdadero México está también en el reclamo social y en donde se discrepa de su parecer… La negación y victimización no es el camino para sacar al país del caos en el que se encuentra.
Finalmente, también debe recordar que el máximo tribunal constitucional de este país determinó (antes de la vacilada que tenemos hoy como Suprema Corte de Justicia de la Nación), que “los límites de crítica son más amplios si ésta se refiere a personas que, por dedicarse a actividades públicas o por el rol que desempeñan en una sociedad democrática, están expuestas a un más riguroso control de sus actividades y manifestaciones, que aquellos particulares sin proyección alguna”.
Y que, si bien nuestra Carta Magna, “no reconoce un derecho al insulto o a la injuria gratuita, sin embargo, tampoco veda expresiones inusuales, alternativas, indecentes, escandalosas, excéntricas o simplemente contrarias a las creencias y posturas mayoritarias, aun cuando se expresen acompañadas de expresiones no verbales, sino simbólicas”.
Así que lo mejor es que la presidenta aguante vara y, sin enojarse, escuche lo que tienen que decirle todos aquellos y aquellas que también conforman el verdadero México.