Asertividad: el arte de la sinceridad compasiva (Parte dos)

Digamos que estás en el cine y alguien de la fila de adelante, quien ya vio la película, le empieza a soltar la sopa a su acompañante de lo que está por pasar en una escena clave. ¿Qué es lo que tú probablemente harías? A) Te tapas los oídos deseando que, por amor de Dios, el bocón se calle de una vez por todas. B) Le pides, amablemente, que por favor guarde silencio, pues está a punto de arruinarte la película. C) De manera escandalosa exclamas: “¡Pero vaya que hay gente desconsiderada!”, con la idea de poner en evidencia al chismoso. D) Le das un fuerte golpe al respaldo de su asiento, pegándole un susto tal que te volteará a ver con cara de miedo.

La respuesta ideal, como ya te habrás imaginado, es la “B”, pues corresponde a las personas que poseen un estilo de comunicación ASERTIVO. Estas se distinguen porque se hacen cargo de la situación presente expresando su sentir de manera directa y respetuosa. Con respecto a las otras opciones, la “A” corresponde a quienes tienen un estilo de comunicación PASIVO, ya que se abstienen de decir cualquier cosa que pudiera incomodar a otros, sin importar que estos se pasen de la raya. La “C” es propia de quienes adoptan un estilo PASIVO-AGRESIVO: lanzan la piedra y esconden la mano, refugiándose en su cobardía. Por último, la “D” es un ejemplo típico de las intimidaciones propias del AGRESIVO, quien buscará desquitarse de quienes le causaron un daño.

En la presente entrega me enfocaré en aquellos que poseen el ESTILO DE COMUNICACIÓN PASIVO y señalaré por qué se sienten orillados a claudicar de sus derechos, aun sabiendo que pagarán el precio de su escasa determinación.

La razón por la que alguien opta por la pasividad cuando es humillado frente a otros tiene su origen en las creencias fatalistas sobre sí mismo: “Los demás son mejores que yo”, “si cedo, tal vez me acepten”, “algo está mal conmigo”, “lo que yo tenga que decir no vale la pena”.  Esto sucede porque suelen provenir de familias con padres severos. Al verse obligados a actuar como “niños obedientes”, sus límites emocionales son una y otra vez rebasados por quienes sacan provecho de ellos.

Como podemos ver, su apocamiento es un resultado de su baja autoestima: se disculpan sin tener que hacerlo, no saben qué hacer cuando son interrumpidos, rehúyen el conflicto para evitar la confrontación y fingen estar de acuerdo con tal de “no dar molestias”. Por si fuera poco, su lenguaje corporal refleja sumisión y obediencia: hablan con voz bajita y su vocalización es titubeante e incierta. Se caracterizan también por su mirada esquiva, los hombros caídos, un semblante poco expresivo y su risa estereotipada. Constanza Walsh, una experta en asertividad, señala al respecto: “Las personas con un estilo comunicativo pasivo tienden a evitar todo tipo de discusiones que puedan ponerlas en dificultad y en ciertos contextos sociales llegan a desenvolver tareas que consideran inadecuadas para ellas” (op. cit., p. 25).

En el ambiente laboral, su sumisión es ocasionalmente premiada con alguna posición de mando. Sin embargo, dado que se empeñarán en llevarse bien con todo mundo, sus subordinados acabarán por tomarles la medida e invariablemente se tornarán en jefes mediocres, sin personalidad y con escasas dotes de liderazgo.

(Continuará la próxima semana).

Referencias y fuentes bibliográficas: Walsh, C. (2022). “La asertividad: Hacia una estima saludable y una comunicación exitosa”, edición de la autora. / Castanyer, O., Ortega, E. (2013). “Asertividad en el trabajo”. CDMX: Conecta. / Paterson, R. (2000). “Assertiveness workbook”. Oakland: New Harbinger Publications.

Asertividad: el arte de la sinceridad compasiva (parte uno)