En este artículo
- La Inteligencia Artificial puede afectar la democracia al facilitar tanto la creación de contenidos falsos como el cuestionamiento de hechos reales, por lo que México analiza su regulación rumbo a las elecciones de 2027
- La mentira ya no necesita especialistas
- Cuando la verdad deja de importar
- Campañas hechas a la medida
- Una legislación que todavía corre detrás de la tecnología
- Aprender y no prohibir
La Inteligencia Artificial puede afectar la democracia al facilitar tanto la creación de contenidos falsos como el cuestionamiento de hechos reales, por lo que México analiza su regulación rumbo a las elecciones de 2027
Durante años, la principal preocupación sobre la Inteligencia Artificial en la vida política fue la posibilidad de fabricar videos, imágenes o audios falsos para engañar al electorado. Sin embargo, el siguiente desafío podría ser todavía más complejo: que los hechos auténticos dejen de ser creíbles.
Esa es la principal advertencia del maestro en Derecho, Rodolfo Guerrero Martínez, especialista en derecho digital, Inteligencia Artificial, gobierno digital y ciberseguridad, quien sostiene que el mayor riesgo para los procesos democráticos ya no consiste únicamente en la proliferación de los llamados “deepfakes”, sino en la erosión de la verdad pública.
"El mayor riesgo sistémico ya no es que la gente crea contenidos falsos, sino que los actores políticos comiencen a negar realidades o actos de corrupción que son reales, alegando que fueron generados por inteligencia artificial. Entonces se erosiona con ello la base misma de la verdad pública", explicó en entrevista con “Códigoqro”.
Su advertencia llega mientras las autoridades electorales mexicanas comienzan a discutir cómo regular el uso de la Inteligencia Artificial rumbo al proceso electoral de 2027, en un escenario donde las herramientas para generar contenido sintético dejaron de ser exclusivas de especialistas y pasaron a estar al alcance de prácticamente cualquier usuario.
La mentira ya no necesita especialistas
Para Guerrero Martínez, el cambio más importante ocurrió cuando desapareció la barrera tecnológica y económica para fabricar contenido falso.
"Hoy cualquier persona puede clonar la voz de un candidato en minutos", afirma.
Basta, explica, con obtener alrededor de 10 segundos de audio publicados en una transmisión en vivo, una entrevista o un video en redes sociales para recrear una voz con suficiente realismo como para simular declaraciones, confesiones o incluso una declinación electoral horas antes de la jornada de votación.
El problema no radica únicamente en la sofisticación de estas herramientas, sino en la velocidad con la que pueden difundirse. Un contenido falso publicado en los momentos previos a la elección podría influir en miles de personas antes de que exista tiempo suficiente para desmentirlo.
Pero el especialista considera que ese escenario es apenas una parte del problema.
Cuando la verdad deja de importar
Guerrero Martínez advierte que la Inteligencia Artificial también ofrece una nueva estrategia para quienes buscan evadir responsabilidades públicas.
Si durante años el reto consistía en demostrar que un video era falso, ahora podría ocurrir lo contrario: que un funcionario o un candidato desacredite un material auténtico asegurando que fue creado mediante Inteligencia Artificial.
Ese fenómeno, conocido como el "dividendo del mentiroso", amenaza con debilitar la confianza en cualquier evidencia digital.
"La inteligencia artificial puede terminar convirtiéndose en el argumento perfecto para negar hechos verdaderos", resume el especialista.
Campañas hechas a la medida
Otro de los riesgos identificados consiste en la capacidad de estas plataformas para analizar grandes volúmenes de información y construir mensajes dirigidos a grupos muy específicos de la población.
Mediante perfiles psicométricos, algoritmos y bases de datos, explica, es posible diseñar campañas hiperpersonalizadas que incentiven el abstencionismo, alimenten la polarización o profundicen discursos de odio según la edad, ubicación geográfica o intereses de cada usuario.
A ello se suma un fenómeno que considera especialmente preocupante: la violencia política digital contra las mujeres.
La generación de imágenes íntimas falsas o contenido sexualizado mediante inteligencia artificial puede utilizarse para desacreditar candidatas y desalentar su participación en la vida pública.
Una legislación que todavía corre detrás de la tecnología
Frente a ese escenario, el especialista considera que la legislación mexicana aún presenta vacíos importantes para responder a este tipo de casos.
Si bien reconoce avances en materia de violencia digital y delitos informáticos en algunas entidades, advierte que todavía no existen mecanismos suficientemente claros para investigar técnicamente contenidos sintéticos, acreditar su origen o coordinar el trabajo entre autoridades electorales, policías cibernéticas y especialistas en análisis forense digital.
"Hace falta identificar estas figuras, fortalecer los mecanismos y la colaboración interinstitucional para que este tipo de situaciones puedan atacarse de fondo", señala.
A ello se suma otro desafío: diferenciar cuándo un contenido viral realmente refleja apoyo ciudadano y cuándo fue impulsado mediante redes automatizadas o cuentas falsas creadas para manipular la conversación pública.
Aprender y no prohibir
Pese a los riesgos, el especialista rechaza la idea de prohibir el uso de la Inteligencia Artificial.
Por el contrario, sostiene que el reto consiste en establecer reglas claras de transparencia, supervisión y rendición de cuentas.
Como referencia, menciona las experiencias de la Unión Europea, donde determinados sistemas de inteligencia artificial vinculados con procesos electorales ya son considerados de alto riesgo y deben cumplir obligaciones de transparencia algorítmica y auditorías. También destaca el caso de Brasil, que prohibió los “deepfakes” en campañas electorales y exige identificar el contenido generado mediante inteligencia artificial.
Para México, propone avanzar hacia códigos éticos institucionales, auditorías algorítmicas y protocolos que permitan conocer cuándo y cómo se utilizan estas herramientas.
"La ruta es encontrar un equilibrio donde toda la tecnología sea vista como una herramienta, no para sancionarla, sino para definir cuáles son las situaciones correctas en las que puede utilizarse", afirma.
A su juicio, el principio que debe prevalecer es uno solo: la Inteligencia Artificial puede asistir en los procesos, pero nunca sustituir el juicio humano.
"El humano debe permanecer en el centro de la toma de decisiones. La automatización ciega y la delegación absoluta del criterio a un modelo sin supervisión son el verdadero riesgo", concluye.
Porque, advierte, la discusión ya no gira únicamente en torno a la tecnología, sino a la capacidad de las democracias para conservar la confianza de los ciudadanos en una época donde distinguir entre lo auténtico y lo fabricado será cada vez más difícil.
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