En este artículo
Baste con escuchar la frase “amigos de la infancia” para evocar los rostros, nombres y apodos de aquellos con quienes disfrutamos únicos e irrepetibles momentos en nuestras primeras etapas de vida. Joan Manuel Serrat, con su acostumbrada elocuencia, captura así dicho momento mágico: “Decir amigo es decir juegos, escuela, calle y niñez”. Una vez abierta la llave de la memoria, regresan en oleadas los paseos en bicicleta, los espacios de juego y las travesuras en complicidad con la pandilla, que llevaban por divisa la inocencia.
Evocaciones como las revisitadas permiten caracterizar a la amistad como uno de los ingredientes fundamentales de la identidad humana. Así lo confirman Laura Belly y Danila Suárez en su obra “Filosofía de la amistad” (2023), cuando estipulan que la amistad despierta los sentimientos más nobles por permitirnos compartir lo mejor de lo que somos con quienes, en diversas etapas, elegimos para recorrer el camino.
Agregan ambas autoras que la amistad involucra una cosmovisión compartida. Si bien cada quien hace acopio de su perspectiva propia, surgirá un punto común que nos une al abordar la realidad. “La amistad -como ellas señalan- es un tipo de relación afectiva basada en la cooperación, la confianza y la reciprocidad y se caracteriza por la existencia de un cuidado mutuo, un grado relevante de intimidad y de actividades e intereses compartidos” (p. 12). Tan sólida será la identificación con los amigos cercanos, que habrá de generarse una identidad en común, cimentada en gustos y hábitos compatibles.
Siguiendo una misma línea, George Kateb, profesor emérito de la Universidad de Princeton, sostiene que lo que para ti es real, lo es también para tus amistades más entrañables. “Mi amigo -asevera- es como yo y es, por así decirlo, yo mismo. Al estar con un amigo, estoy conmigo mismo fuera de mí mismo. Al verlo a él o a ella, puedo verme de una forma tal que, de otra manera, no sería posible” (mi traducción, op. cit., p. 201). Este vínculo se forja a través del diálogo, que es el vehículo ideal para plasmar peripecias y vicisitudes personales.
Adicionalmente, el despliegue de la amistad habrá de manifestarse en el entorno adecuado. Para algunos bastará con un buen café al terminar la jornada. Otros, más festivos, procurarán la bohemia, para lo cual recurro una vez más a Serrat: “Decir amigo es decir vino, guitarra, trago y canción”. Nada mejor, entonces, que convivir con el amigo fiel en el espacio vial de ambos. Es cuestión, pues, de voluntad, tiempo y un lugar adecuado.
En un ensayo reciente (2025), Mariano Sigman y Jacobo Bergareche señalan la importancia de retomar los espacios físicos de interacción social para evadir el cerco de los mundos virtuales. “Salir en bicicleta -apuntan- es sentir el viento en la cara, conversar con otros ciclistas y algo que quizá no es tan evidente: acceder a un espacio de paridad. Ahí, como en el carnaval, por un rato no hay jefe, ni empleado, ni rico, ni pobre. Son un tiempo y un espacio que borran las diferencias sociales, los rangos, los apellidos y los escalafones. Un espacio de iguales que se esparce en la inmensidad de un valle” (Op. cit., P. 70).
El tema de la amistad, aducen estos autores, supone revitalizar los círculos de amigos y recuperar los tiempos y espacios de la sobremesa. La amistad es un derecho al que tú y yo podemos aspirar; ejerzámoslo libremente.
(Continuará la semana entrante).
Referencias bibliográficas: Sigman, M., Bergareche, J. (2025). “Amistad: un ensayo compartido”. Barcelona: Penguin Random House. / Kateb, G. (2006). “Friendship in love” (pp. 200-226). En “Emerson’s essays: Bloom’s modern critical interpretations”. Nueva York: Infobase Publishing.