¿Seguimos pasando de largo?

Vivimos en una época donde todo parece avanzar muy rápido. Despertamos viendo el celular. Contestamos mensajes mientras desayunamos. Saltamos de un video a otro en cuestión de segundos. Si algo no nos interesa, deslizamos el dedo. Si algo nos incomoda, muchas veces hacemos exactamente lo mismo: pasamos de largo.

Y, casi sin darnos cuenta, esa forma de consumir información también empieza a reflejarse en la manera en que vivimos.
Queremos respuestas inmediatas, resultados inmediatos, cambios inmediatos, incluso decisiones inmediatas. Pero hay cosas que simplemente no funcionan así.

La confianza, por ejemplo.

No se puede construir con prisa. No se puede improvisar. Y, sobre todo, no se puede conseguir pasando de largo cada vez que algo requiere tiempo, esfuerzo o compromiso.

Hoy es cada vez más común escuchar frases como: “Luego te marco”, “La próxima semana lo hacemos”, “Ahora sí voy a empezar” o “Mañana, sin falta”.

La mayoría de las veces no lo decimos con mala intención. Vivimos tan acelerados que creemos que siempre habrá otra oportunidad para cumplir. Y así, poco a poco, vamos acumulando pequeñas promesas incumplidas con los demás, pero también con nosotros mismos.

Quizá por eso no es casualidad que hoy existan retos de 30, 60 o 75 días para aprender a hacer ejercicio, leer más, ahorrar o desarrollar nuevos hábitos. No porque los retos sean malos, al contrario.

Funcionan porque nos ayudan a recuperar algo que, sin darnos cuenta, hemos ido perdiendo: la capacidad de sostener nuestra propia palabra.

Si necesitamos un desafío para mantener un compromiso con nosotros mismos, tal vez valga la pena preguntarnos qué nos está pasando.

Recuerdo que de niño pensaba que las cosas simplemente ocurrían, que los mercados abrían, que los negocios funcionaban, que la ciudad despertaba sola.

Con el tiempo entendí que no era así.

Había personas que llevaban horas trabajando antes de que saliera el sol. Personas descargando mercancía, preparando locales, organizando el trabajo del día mientras muchos seguíamos dormidos. Ellos no esperaban reconocimiento. Simplemente cumplían con la responsabilidad que habían asumido.

Y esa imagen se me quedó para siempre.

Porque entendí que las cosas que realmente valen la pena casi nunca llegan por casualidad. Llegan después de levantarse temprano, de ser constantes y, sobre todo, de cumplir la palabra. Con los años también entendí que esa enseñanza iba mucho más allá del trabajo.

Cumplir la palabra es una forma de decirle a alguien: “Puedes confiar en mí”. Y la confianza es uno de los bienes más valiosos que puede tener una sociedad.

No se construye con discursos. No se construye con publicaciones. Mucho menos con promesas. Se construye cuando alguien hace aquello que dijo que iba a hacer.

Vivimos en un mundo que constantemente nos invita a pasar al siguiente video, a la siguiente noticia y a la siguiente tendencia. Pero las amistades, las familias, los proyectos, las empresas y también los países no se construyen pasando de largo; se construyen permaneciendo, cumpliendo, sosteniendo la palabra incluso cuando nadie nos está viendo.

Quizá no podamos vivir más despacio de un día para otro, pero sí podemos decidir que nuestra palabra siga teniendo valor.

Porque la confianza no nace de un discurso. Nace cuando alguien puede mirar a otra persona y saber que aquello que dijo... lo va a cumplir.

Soy Pancho Domínguez Castro. Creo que construir un mejor México no siempre comienza con una gran decisión; muchas veces empieza con algo mucho más sencillo: cumplir aquello que prometimos. Hoy te invito a hacer una pausa y preguntarte: ¿qué palabra puedes honrar hoy para ayudar a construir la confianza que todos queremos?

¿Qué estamos dejando?