“Cada copa de vino es una obra de arte”: Susana Cardoso

Con más de 30 años de trayectoria, la sommelier Susana Cardoso habla sobre su pasión por la cultura vinícola, la evolución de la industria en Querétaro y la importancia de romper los mitos que aún rodean a esta bebida

Gustavo Navarrete

Para Susana Cardoso, el vino no es únicamente una bebida ni un lujo reservado para unos cuantos; es una forma de conectar con la naturaleza y con las emociones. Con más de tres décadas dentro de la industria vitivinícola, la sommelier radicada en Querétaro ha dedicado gran parte de su trayectoria a derribar los mitos que rodean al vino y demostrar que puede disfrutarse de manera sencilla, lejos del elitismo que durante años alejó a muchas personas de este mundo.

Su historia en el vino comenzó de forma inesperada. Aunque originalmente soñaba con dedicarse al teatro, terminó estudiando Administración de Empresas y llegó a trabajar a Casa Pedro Domecq, donde descubrió todo lo que existía detrás de una copa: los viñedos, la producción y el trabajo de la tierra. Ahí encontró una pasión que transformó su vida profesional.

Desde entonces, Cardoso ha impulsado una visión más cercana y accesible del vino a través de cursos, catas y diplomados. “Mi filosofía no es enseñarte a beber vino, sino enseñarte a vivir el vino”, asegura.

En entrevista, habla sobre los retos que enfrentó como mujer en una industria dominada históricamente por hombres, el crecimiento del vino queretano y el papel cada vez más importante de las mujeres dentro del sector vitivinícola.

¿Cómo nació tu interés por el mundo del vino y qué te llevó a convertirte en sommelier?

Mi interés por el vino nació de una forma muy peculiar. Yo estudiaba Administración de Empresas en la Ciudad de México y, todos los días, pasaba frente a las instalaciones de Casa Pedro Domecq. Me llamaba mucho la atención el ambiente y pensé que sería un lugar interesante para trabajar, aunque en ese momento no sabía prácticamente nada sobre vino.

Decidí llevar mi currículum y me contrataron. Ahí descubrí un mundo completamente nuevo: los viñedos, la producción, la historia y todo lo que existe detrás de una copa. Fue entonces cuando encontré mi verdadera vocación y me enamoré del vino.

Trabajé cinco años en Domecq y después continué dentro de la industria. Más adelante entendí que el universo del vino era muchísimo más amplio de lo que imaginaba, así que comencé a buscar una formación más especializada y entré a un diplomado para formarme como sommelier. Yo era la única mujer del grupo, pero esa experiencia confirmó que quería dedicarme por completo a este mundo, porque el vino es algo que nunca terminas de aprender.

¿Recuerdas algún vino o experiencia que haya marcado tu decisión de seguir este camino?

Sí. Recuerdo mucho las pláticas que nos daban Emil Peynaud y don Julio Millán, que en paz descanse. Yo escuchaba fascinada todo lo que había detrás de una copa de vino. En esos primeros momentos, la verdad, todavía no me gustaba el vino. Y es normal: cuando empiezas a conocerlo, el paladar todavía no está desarrollado.

Pero mientras más escuchaba y entendía el trabajo que había detrás: el viñedo, la bodega, el campo, más interesante me parecía. Después tuve la oportunidad de visitar viñedos y bodegas, y ahí ya no tuve ninguna duda de que ese era el camino que quería seguir.

Mencionas que eras la única mujer en tu grupo de formación. ¿Qué retos enfrentaste en este sector?

En ese entonces no era famoso ser sommelier, y mucho menos siendo mujer. Yo trabajaba en el área comercial de vinos y sentía la necesidad de tener una cultura más amplia para poder hablar con seguridad frente a clientes, restaurantes y empresas.

El diplomado me ayudó muchísimo. Empecé a entender muchas cosas y hasta terminé capacitando a mis propios compañeros de trabajo. Claro que sí era raro ver a una mujer hablando de vinos o presentando catas.

Además, en esa época, y todavía hoy sucede con algunos sommeliers, existía mucho lenguaje complicado y una actitud elitista alrededor del vino. Yo veía eso y pensaba: “No me cuadra”. 

Eso me llevó a crear el curso “El mundo del vino sorbo a sorbo”, que ya lleva más de 20 años. Mi intención siempre ha sido enseñar el vino de forma amigable y sencilla, porque el vino viene de la tierra y no debería sentirse elitista.

¿Cómo ves actualmente el papel de las mujeres en el mundo del vino?

Hoy tenemos un papel súper activo, tanto como sommeliers, promotoras, enólogas, ingenieras en alimentos o ingenieras químicas involucradas en este sector.

De hecho, actualmente doy un diplomado para formar sommeliers aquí en Querétaro y algo que me encanta es que en esta nueva generación hay más mujeres que hombres. Antes los grupos estaban más equilibrados, pero ahora definitivamente hay mucho más interés por parte de las mujeres.

Además, la mujer tiene un papel importante en la decisión de compra de vino dentro de las familias. 

¿Las mujeres tienen una manera distinta de aproximarse al vino?

Yo creo que todos nos aproximamos al vino de manera muy similar. Se dice que las mujeres tenemos más desarrollado el olfato, pero yo pienso que eso depende mucho de la práctica y de la sensibilidad de cada persona.

¿Qué mitos sobre el vino crees que todavía persisten?

Muchísimos. Y parte de mi trabajo es justamente romper esos mitos. Mi filosofía no es “te enseño a beber vino”, sino “te enseño a vivir el vino”.

Hay ideas muy equivocadas, como pensar que el mejor vino es el más caro, o que el vino blanco solo va con carne blanca y el tinto con carne roja. Todo depende de la preparación del platillo, de los ingredientes y del tipo de vino.

Otro mito es pensar que el vino debe tomarse “a temperatura ambiente”, lo cual muchas veces es incorrecto.

¿Cómo hacer que el vino deje de percibirse como algo elitista?

Primero, entendiendo que un buen vino no necesariamente tiene que ser caro. Hay vinos excelentes y accesibles.

También hay vinos con muchísimo marketing detrás, y eso influye en el precio. Pero cuando haces catas a ciegas, la gente descubre que muchas veces el vino que más disfruta no es el más caro.

Yo trato de acercar el vino a la vida diaria. Que no sea algo reservado solo para ocasiones especiales. Una copa de vino puede disfrutarse en casa, durante una comida sencilla o al final del día.

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¿Cómo ves a Querétaro dentro de la industria del vino?

Vamos muy bien. Ha sido un camino complicado porque Querétaro no está dentro de la franja tradicional del vino, pero tenemos factores que ayudan mucho, como la altitud, el semidesierto y los cambios de temperatura entre el día y la noche.
La vid es una planta muy trabajadora y siempre intenta adaptarse para dar lo mejor de sí. El problema es que en Querétaro todavía tenemos viñedos muy jóvenes. Una planta necesita años para adaptarse y producir uvas de gran calidad.

Pero el vino queretano ha evolucionado muchísimo. Hoy ya tenemos medallas internacionales y espumosos que compiten con etiquetas muy reconocidas del mundo.

¿Qué falta para fortalecer la cultura del vino en México?

Primero, seguir desarrollando la cultura del vino entre los consumidores. También romper con el malinchismo.

Muchas veces alguien ve un vino español y uno mexicano al mismo precio y automáticamente piensa que el extranjero debe ser mejor, sin siquiera probarlos.

También hay que trabajar mucho con los restaurantes, porque en ocasiones venden las botellas con precios excesivamente elevados, y eso limita el consumo.

Además, todavía cuesta trabajo posicionar el vino queretano en algunos restaurantes, aunque poco a poco eso ha ido cambiando.

Para alguien que quiere empezar en el mundo del vino, ¿qué consejo le darías?

Que abra la mente y empiece por vinos sencillos, jóvenes y frutales. Muchas veces la gente comienza con vinos demasiado complejos y eso puede alejarlos.

Hay vinos muy amigables para empezar, y poco a poco el paladar se va desarrollando.

¿Qué significa el vino para ti más allá de una bebida?

Para mí, el vino es una forma de conectar con la naturaleza y con la esencia del ser humano.

Vivimos en una época de tecnología, redes sociales y prisas constantes, y catar un vino implica detenerte, concentrarte y usar tus sentidos.

Cada copa de vino es un recordatorio de la naturaleza, del clima, del suelo y del lugar donde nació esa uva. Por eso un Cabernet Sauvignon de Burdeos no sabe igual que uno de Chile o del Valle de Guadalupe. El vino, más que una bebida, es una obra de arte viva.

¿Qué mensaje le das a las mujeres que quieren abrirse camino en este mundo?

Que lo hagan. Es un camino apasionante y profundamente enriquecedor.

A través del vino puedes aprender, viajar, conectar con otras personas y desarrollar sensibilidad cultural.

Cada persona que descubre el vino desde esta perspectiva se convierte también en promotora de cultura, y yo creo que un país con más cultura siempre será un mejor país.

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