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Desde la fascinación por el dibujo hasta la creación de esculturas colosales, ha construido una trayectoria guiada por la intuición, la disciplina y una profunda influencia del muralismo mexicano
Con impresionantes piezas monumentales que han logrado conectar con el entorno y con las personas que las visitan para contemplarlas, el artista Daniel Rico ha encontrado en el metal, un material complejo, rudo e inerte, una herramienta para expresarse. Tras años de trabajo constante y disciplina, el escultor y muralista mexicano ha logrado construir una sólida carrera artística cuyo sello son sus obras monumentales religiosas, que ha llevado por distintas ciudades de México, Estados Unidos e Italia. Con una inquietud continua de experimentar con materiales y figuras, ahora trabaja en dos colecciones de mediano formato: una, en la que muestra seres míticos con alas y la otra, donde refleja la imponente presencia de los caballos.
¿Cómo inició tu gusto por la escultura?
Comenzó por la época de la secundaria, cuando empecé a hacer mis primeros dibujos en tinta china; estuve realizando algunas ilustraciones y eso me llenaba de entusiasmo porque los mandaba a una revista de música y los publicaban, algo que me entusiasmaba y me motivaba, y yo creo que esa fue una de las razones por las que seguí dibujando. Aunque estudié Economía, seguí tomando cursos de pintura para perfeccionar mi técnica y cada vez iba teniendo más interés en esta, que es donde me inicié; después me interesó el muralismo.
¿A quién admiras o quién consideras que influyó en tu obra?
En un primer momento yo estaba muy fascinado por el muralismo mexicano y tuve una influencia muy fuerte de todos ellos, Siqueiros, Orozco, que eran de pinceladas muy agresivas, muy fuertes, de mucho carácter y eso me llamaba mucho la atención; también Diego Rivera, el maestro Raúl Anguiano, Eloy Cerecero, muralistas de la época gloriosa del arte mexicano; yo estudiaba sus murales, me gustaba ir de manera personal a verlos. Yo creo que tengo una fuerte influencia del arte mexicano, sobre todo de los muralistas.
¿Cómo das el salto a la obra monumental?
Hoy puedo decir que la obra monumental es mi especialidad. Durante mucho tiempo pinté en caballete e hice pintura mural, pero la escultura me llamaba la atención y en algún momento intenté hacer algunos trabajos de manera autodidacta en arcilla, y cuando tuve la fortuna de decorar el palacio municipal de Jerécuaro, el alcalde me dijo: “Tengo la inquietud de hacer una obra monumental de un Cristo de 30 metros en un cerro, ¿cómo ves?”, yo dije: “Claro, vamos a hacerlo”.
Yo, sin ningún conocimiento, solo con mi intuición, me aventé a hacerlo y justo ahí sentí que la escultura me escogió a mí; yo no escogí ser escultor, ahí siento que la misma escultura me fue guiando hacia estos terrenos muy complejos que es la escultura monumental y ese fue mi primer gran desafío: es un Cristo de 30 metros que hice a prueba y error, y después ya me adentré más al metal, al acero, porque no es fundido, es placa de acero soldada y eso me ha permitido tener una forma de expresarme.
¿Cómo es tu proceso creativo?
Siempre he sido de experimentar, sobre todo con materiales, pero el proceso creativo es el mismo y se me da mucho más cuando me doy la oportunidad de visitar lugares. Para mí la materia prima es justo ir a conocer otros lugares, buscar información que voy guardando de manera inconsciente y que me ayuda a que surjan ideas que a veces ni yo sé de dónde salen. Últimamente me ha dado por salir a la alta montaña y he notado un cambio en el que mi obra ha mejorado con un estado contemplativo, de “no mente”, que me da una fluidez emocional, mental y creativa en donde encuentro mi fuente de inspiración. Hay veces que hago cosas que ni yo sé cómo las hago, pero van fluyendo y es una manera de dejarme guiar por la intuición.

Hay artistas que creen que la escultura en un momento dado empieza a cobrar vida, ¿tú qué opinas?
Sí, es verdad. La obra tiene alma porque le ponemos alma y corazón; yo creo que hay un momento en que le depositas tanto de ti a una obra, que le vas pasando vida, energía vital (...) a mí la conexión que tengo con la obra me ha permitido crear una narrativa con el espectador.
En tu obra hay mucha imagen religiosa, ¿seguiste en este camino por elección consciente o porque se han dado las oportunidades?
Yo creo que a mí las obras me eligen para ser ejecutadas; efectivamente tengo mucha obra religiosa que me atrae mucho y me ha permitido dialogar con el espectador, porque hacer una obra religiosa implica mucha responsabilidad; por ejemplo, el Cristo que hice inicialmente es una gran responsabilidad porque no solo era hacerlo y ya, sino conectar con la gente para que, al verlo, sintiera esa conexión de llegar y persignarse.
Aunque lo atractivo es la monumentalidad, también tiene que conectar con la religión católica a través de esa espiritualidad de introspección y el estado de “no mente” y contemplativo que me he permitido experimentar y que me ha dado la oportunidad de que estas piezas me elijan para que sean motivo de culto.
¿Cuál es tu sueño?
Tengo muchos y uno de ellos es hacer una obra monumental para Querétaro, una imagen religiosa monumental que de alguna manera detone el turismo religioso.
Ahora que ya tienes una carrera sólida en el arte, ¿qué le dirías a ese niño que dibujaba y que no imaginaba que iba a lograr crear estas piezas monumentales?
No, ni siquiera soñaba que podía hacer estas obras, sin embargo, vengo de un lugar donde tenía todo en contra, donde no había servicios culturales, donde no se compraba ni se consume arte, entonces, es decirle que fortalezca su disciplina, porque el arte requiere disciplina, constancia, dedicación y compromiso, y la disciplina lo va a llevar a lugares que no imagina.
¿Qué proyectos en puerta tienes?
Ahora estoy promoviendo una serie de mediano formato de personajes míticos con alas y estoy por hacer una serie de caballos; además, estoy de lleno en la obra monumental.