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Si algo recuerdo de las clases de Ciencias Básicas en tercero de secundaria, es que la maestra Berta nos hizo aprender de memoria la tabla periódica de los elementos químicos. Si bien “machetearse” las cosas distaba de ser lo ideal, los estudiantes de entonces difícilmente hubiésemos podido imaginar que habría de llegar el día en que el conocimiento humano se encontraría a solo un ‘clic’ de distancia.
Las bases de dicho conocimiento parten de pensadores de la talla de Parménides de Elea, quien antes del nacimiento de Cristo pronosticó que el razonamiento deductivo y la lógica a priori habrían de apartarnos de los sinuosos caminos del pensamiento mágico. Veinticinco siglos después, la semilla del visionario helénico habría de arrojar un fruto fascinante a la vez que extraño: el de la Inteligencia Artificial.
En 1661, Robert Boyle, una de las figuras cimeras de la revolución científica, propuso en su obra “El químico escéptico” dejar de lado la alquimia para entender a cabalidad la transformación de la materia. Y en lo que a física se refiere, cabría recordar que una serie de novedosos experimentos llevó a Michael Faraday a descubrir el fenómeno de la inducción electromagnética, que lo llevaría a inventar el primer generador eléctrico en 1831.
Antes hubo que superar teorías que hoy consideraríamos exóticas, como la de la generación espontánea, basada en la creencia de que la vida podía surgir de manera incidental a partir de la materia inerte. Inicialmente sustentada por figuras como Francis Bacon y René Descartes, llegó abruptamente a su fin cuando Anton van Leeuwenhoek se dedicó a observar bacterias en su flamante microscopio, allá por 1674. Y qué decir de otra temprana teoría, que sostenía que ciertos materiales desprendían un elemento llamado “flogisto” cuando entraban en combustión.
Por absurdas que parezcan estas elucubraciones, cabría recordar que las teorías científicas no intentan posicionarse como verdades absolutas, sino como explicaciones provisionales, susceptibles de ser sustituidas por otras más robustas.
Lo anterior nos lleva a una serie de artículos, publicados en enero por la revista “New Scientist”, en los que se abordan algunas de las más extraordinarias ideas científicas del siglo 21. Entre ellas se encuentran las siguientes:
LA NOVEDOSA QUÍMICA DEL ‘CLIC’. Barry Sharpless, un científico estadounidense galardonado en dos ocasiones con el Premio Nobel de Química, acuñó el término “click chemistry” para introducir una innovadora técnica, mediante la cual se forman nuevas moléculas uniendo componentes químicos básicos como si fueran piezas de Lego. De esta manera, en vez de unir dos átomos de carbono, como tradicionalmente se hacía, se une uno de carbono con un heteroátomo, es decir, cualquier átomo en una molécula orgánica que no sea de carbono o hidrógeno. Siguiendo dicha técnica, se han generado anticancerígenos y antiepilépticos nunca antes vistos, como la Rufinamida.
EL INTERNET DEL FUTURO: REDES CUÁNTICAS, INMUNES A LOS ‘HACKERS’. En 1900, el físico alemán Max Planck postuló que la energía se emite en pequeñas unidades, a las que llamó “cuantos”. Veinte años después, Albert Einstein descubrió de manera accidental una característica única de la física cuántica, después arropada en el Teorema de Bell, el cual estipula que las partículas cuánticas pueden comportarse como ondas capaces de actuar como un sistema unificado, sin importar la distancia que las separa. Gracias a este descubrimiento, Ronald Hanson, de la Universidad Tecnológica de Deft, diseña actualmente el Internet del futuro, consistente en redes de comunicación cuánticas, inmunes a los ataques de los ‘hackers’.
Fuente bibliográfica: The 21 best ideas of the 21st century (2026). “New Scientist”, edición del 19 de enero.